“Una visión objetiva de nosotros mismos”
“Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba”. 2 Co 10:18
Es una tendencia muy humana el sobrevalorarnos a nosotros mismos por encima de los demás; Sabemos escoger con mucha astucia a algunos de nuestros adversarios, porque sabemos que en algún sentido somos superiores a ellos. De la misma manera como evitamos compararnos con otros, porque bien sabemos que en uno u otro sentido estamos en desventaja frente a ellos. Pero la verdad es que no hay virtud en compararnos con otros, porque siempre habrá personas ante las cuales seremos siempre superiores, y habrá otras, ante las cuales luciremos inferiores.
El verdadero mérito no radica en compararnos con los demás, sino en compararnos con nosotros mismos. Siempre es saludable preguntarnos: ¿Qué éramos antes de venir a Cristo y qué somos ahora que conocemos al Señor? ¿Ha habido algún verdadero cambio? ¿En verdad hemos sido transformados por la gracia de Dios? ¿Pueden otros testificar que en realidad exhibimos una nueva personalidad cristiana, que somos diferentes, que no actuamos de la misma forma que lo hacíamos antes? Si la respuesta es positiva, entonces la gracia de Dios es la gran triunfadora.
Ahora bien, no es tan importante lo que pensamos de nosotros mismos, o incluso lo que otros piensen de nosotros; siempre habrá personas que hablarán en bien o en mal nuestro, porque hasta del Señor Jesucristo hablaron mal diciendo que tenía demonios. Lo importante no es nuestra autoaprobación o reconocimiento propio, lo más importante es lo que Dios piensa de nosotros conforme a lo revelado en su Palabra. El texto de hoy nos advierte: “Que no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba”.
Cuando somos confrontados con su Palabra, y podemos vernos en el espejo de su revelación, ¿cómo luce nuestro corazón? ¿Sentimos la aprobación y la complacencia de Dios por medio del juicio de su Palabra? ¿O nos vemos como la bella o como la bestia? No hay necesidad de responderme, respóndete a ti mismo, y toma los correctivos de lugar en caso de deficiencias espirituales. No confiemos en nuestro propio juicio y autoevaluaciones, porque siempre corremos el riesgo de no ser lo suficientemente sinceros con nosotros mismos y vivir toda una vida autoengañados. Mirémonos en el cristal de la Palabra de Dios, que esa nunca miente, nunca nos engaña y siempre presentará nuestro verdadero rostro, tal y como Dios lo ve. Si podemos ahora alinear nuestras vidas de acuerdo a los principios de la Palabra de Dios, no tendremos problemas en aquel día, en aguardar con confianza la alabanza meritoria que proviene de Dios, que es la que en última instancia nos interesa, y no la lisonja de los hombres ni aún la de nosotros mismos. Amén
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— © Reynaldo Perez












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