Hechos Cap: 4
Amados hermanos, al estudiar el libro de Hechos podemos evidenciar el cimiento y posterior crecimiento de la iglesia, pero encontrando siempre a su paso disímiles situaciones bien delicadas y comprometedoras. Una de las razones por la que muchos se resistían al modelo humilde y relacional de los cristianos, surgía porque eran ricos aristócratas y colaboracionistas que, hacían lo posible por mantenerse en buenas relaciones con los romanos para conservar su riqueza y posición. El gobierno romano era muy tolerante en general; pero en casos de insurrección era tajante. Los saduceos estaban seguros de que, si no se les paraban los pies a los apóstoles, habría disturbios y desórdenes con consecuencias funestas para su posición. Tenemos aquí el ejemplo terrible de un partido que, para mantener su posición privilegiada, se niega a escuchar la verdad, y a dejar que otros la escuchen.
Pero eso no detuvo la ferviente obra de Jesús ahora a mano de sus seguidores portadores del Poder de su Espíritu.
En Hch 4:5-7 luego de haber realizado una sanidad, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? Cuando leemos este discurso de Pedro, y recordamos a quiénes lo dirigió, podemos reconocerlo como una de las mayores pruebas de valor que se han dado en el mundo. Iba dirigido a una audiencia formada por los más ricos, intelectuales y poderosos del país; y sin embargo Pedro, un sencillo pescador galileo, se presenta ante ellos más como su juez que como su víctima. Además, este era el tribunal que había condenado a muerte a Jesús. Pedro sabía que se estaba jugando la vida, pero evidenciaron delante de todos, un aspecto ineludible de la fe cristiana: el reconocimiento de la autoridad del nombre de Jesús.
El Sanedrín los veía como personas sin títulos académicos ni categoría profesional, y no es menos cierto que, a menudo le es difícil a la gente sencilla enfrentarse con los que presumen de intelectuales. Pero el que tiene a Cristo en su corazón tiene una dignidad que no dan ni la universidad ni la cámara de comercio. Es por ello que el Sanedrín tuvo que recurrir a las amenazas. Pero el cristiano sabe que lo que los hombres le puedan hacer es cosa de un momento, mientras que las cosas de Dios son para la eternidad. Pedro y los otros eran vistos diferente porque durante todo el tiempo al lado del Cristo habían tenido siempre la disposición de su capacidad humana disponible para ser enseñables.
Veamos que en su propia defensa había un derroche total de fidelidadhacia Dios. Si tenían que escoger entre obedecer a los hombres o a Dios, Pedro y Juan no vacilaban en lo más mínimo. Como decía H. G. Wells: «Lo que pasa con muchas personas es que la voz de los vecinos les llega a los oídos más alta que la voz de Dios.» Sus convicciones estaban cimentadas en una experiencia personal con Jesucristo. No les había llegado ese mensaje de oídas. Sabían de primera mano que era verdad; y estaban tan seguros que estaban dispuestos a jugarse la vida por él, y esto es: Valentía de obedecer a dios cueste lo que cueste. Pero no vale de nada que seas valiente, si no dependes de Él.
En este pasaje nos encontramos con la reacción de la Iglesia Cristiana en el momento de peligro. Se habría podido pensar que, cuando volvieron Pedro y Juan y contaron lo que les había pasado, se apoderaría de la Iglesia una gran depresión al considerar los problemas que se les venían encima. Pero, lo que ni siquiera se les pasó por la cabeza fue que tenían que obedecer al Sanedrín y dejar de hablar de Jesús. Por el contrario, vinieron a sus mentes grandes convicciones, y una oleada de fortaleza a sus vidas. Trajeron a la memoria el recuerdo de Jesús. Recordaron cómo había sufrido y cómo había triunfado; y ese recuerdo les devolvió la confianza, porque es suficiente que el discípulo sea como su Señor. Oraron para que Dios les diera valor. No pretendieron enfrentarse a la situación dependiendo de sus propias fuerzas, sino buscaron el poder que está por encima de todo.
Amados, existe un llamado evidente en la Palabra de Dios a predicar el evangelio a toda criatura. Pero no debemos olvidar que, no es en nuestro propio nombre o por motivaciones personales, sino en el nombre de Jesucristo de Nazaret. Debemos poner todo lo que somos y tenemos, aunque no sea mucho, al servicio de Dios. Ser valientes y depender de la gracia del Espíritu Santo para lograr el éxito.
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA
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