“¿Qué tan justo soy?”
“Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia”. Isaías 64:6
Se cuenta que una ocasión un hombre trataba de limpiar un pozo sacando el agua sucia contenida en él. En cada intento ponía mayor afán e intensidad, y mientras más agua sacaba se daba cuenta que más sucia salía el agua; hasta que alguien que lo estaba observando le dijo: ¡Oiga, amigo!, el problema no es el agua del pozo que usted sacando, es el manantial de donde proviene el agua él que está corrompido; si usted limpia el manantial, entonces el agua que brota de él saldrá también limpia. Esto es una hermosa imagen que ilustra perfectamente lo que pasa con el hombre no regenerado que trata de justificarse ante Dios por medio de sus obras.
Eso es exactamente lo que pasa con cada uno de nosotros; como aquel pozo estamos podridos hasta los tuétanos, y todo lo que procede de nosotros está dañado por naturaleza. Si la fuente está corrompida, todo lo que procede de ella también lo estará. Ninguno de nuestros actos, por más sublimes que sean, pueden en lo más mínimo agradar a Dios, porque como bien lo expresa la perla de hoy: “Todos somos como suciedad”, es decir, que la fuente de donde se originan todos nuestros pensamientos, acciones e intenciones volutivas está descompuesta, por tanto, todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia (en el original hebreo, idioma en que fue escrito este pasaje, dice literalmente: que nuestras justicias son como trapo de menstruosa). Yo sé que esta es una metáfora fuerte y hasta repulsiva, pero es de esa forma como Dios ve nuestras humanas “justicias” y nuestras supuestas “buenas” obras. Lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación (Lc 16:15).
Y adviertan algo más, si nuestras justicias (representadas por nuestras buenas acciones) huelen tan mal ante el Señor como un pañal sucio de bebé que no ha sido lavado por varios días, ¿cómo lucirán entonces nuestras malas acciones ante los ojos del Dios tres veces santo? Amado amigo y hermano, es precisamente debido a esta condición de depravación total en la que está sumido el hombre que nadie podrá jamás llegar al cielo por sus buenas obras, porque ninguna de ellas es suficiente para propiciar la ira de Dios, ni aún todas ellas puestas juntas podrían inclinar a nuestro favor ni un milímetro la aguja de balanza de la justicia del Juez justo de toda la tierra.
Nunca podremos ser salvos por nuestras buenas acciones o por nuestras justicias humanas, porque todas están viciadas desde la matriz por nuestros pecados. Para poder llegar al cielo es necesario que seamos limpiados y lavados por la sangre de Cristo, que es la única fuente de justicia perfecta que Dios acepta como pago. Y como decía el puritano Thomas Brook: “Aun las lágrimas de nuestro arrepentimiento deben ser lavadas por la sangre de Cristo”. El camino de nuestras obras personales es como un puente ancho, pero que se queda corto para llegar al cielo. Sólo la cruz de Cristo es la escalera que une el cielo y la tierra, y el único camino que conduce al Padre. Te aseguro que si no asciendes por ella, vestido con la justicia de Cristo, no hay atajo, camino o vereda que te pueda llevar a la presencia del Dios eterno. Amén
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— © Reynaldo Perez












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