…Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús… Rom 8:1
¿Puedes creerlo? Esta es una de aquellas verdades que somos capaces de repetir, memorizar, acariciar. ¡Qué palabras tan hermosas para comenzar una nueva jornada! Si hoy puedes vivir conforme a ellas, tu día será especial. Si tan solo pudiésemos reflexionar en todas las implicaciones que tienen, nuestra vida sería diferente.
¿Sabes qué es lo más especial de Romanos ocho? ¡Que está después del capítulo siete!
¿Has leído los versos 7 al 24 del capítulo siete? ¿Te sientes identificado? Aún no he conocido a un creyente que no lo sienta. Es nuestra realidad, es nuestra miseria.
Queremos ser diferentes pero no alcanzamos la medida. Y ante esta realidad existen solo dos posibilidades: la hipocresía de decir que somos buenos ocultando nuestra miseria, o aceptar que nuestros esfuerzos nos dejan en un estado de frustración decepcionante.
Sabemos lo que es bueno, pero no lo hacemos. Aprobamos que la voluntad de Dios sea perfecta, mas vivimos desalineados de ella.
¿Qué hacer? Cuando te miras frente a este problema ¿respondes con más esfuerzo? Seguramente alguien te lo ha sugerido. Esfuérzate más. Inténtalo más. Tal vez has llegado a pensar que si lo intentas de veras, lo alcanzarás. Suena bien a nuestros oídos, pero nos condena al fracaso. Aunque sea la manera en que lo vemos de forma natural.
¿Sabes por qué no funciona? Porque no es la manera de Dios. Miremos otra vez las palabras que Dios trajo al corazón de Pablo
(Ro 8.1) 1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Repítelo una y otra vez. Es como el silbo apacible y delicado, en el que Elías contempló a Dios, en medio de su tormenta. Cuando nos parece que estamos perdidos. Cuando todos nuestros esfuerzos se esfuman y nos dejan con la sensación de impotencia total, Dios se nos aparece con estas palabras ¡No hay condenación para ti!
Nunca se nos ocurriría una cosa semejante. No, porque el evangelio no es de hombres sino de Dios. El viene a recodarnos que nunca cambiaremos por nuestros esfuerzos. La única medicina para el hombre caído, es ser derretido por el amor de Dios. Tal vez para muchos esta sea una verdad desconocida. Pero es el único camino.
Para otros, conocerlo no es suficiente. Porque seguimos tomando el rumbo de nuestros propios esfuerzos, ignorando que no cambiaremos a menos que seamos transformados por el amor incondicional de Dios.
No son nuestros esfuerzos, es su gracia.
La manera de batallar contra tu naturaleza caída, es la contemplación de su amor y su gracia.
Si has estado batallando con esto, recuerda que en medio de la desesperación, Pablo lanzó un grito de auxilio: ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
La respuesta llegó automáticamente: Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.
Cuando entendemos lo que Él ha hecho por nosotros, únicamente por amor, entonces nuestros esfuerzos cobran sentido, no para ser amados, sino porque somos amados.
Es cuando entonces el ser transformados nos trae el disfrute que nuestros intentos de reformarnos nunca nos han dejado.
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
¿Sabes qué es lo más especial de Romanos ocho? ¡Que está después del capítulo siete!
¿Has leído los versos 7 al 24 del capítulo siete? ¿Te sientes identificado? Aún no he conocido a un creyente que no lo sienta. Es nuestra realidad, es nuestra miseria.
Queremos ser diferentes pero no alcanzamos la medida. Y ante esta realidad existen solo dos posibilidades: la hipocresía de decir que somos buenos ocultando nuestra miseria, o aceptar que nuestros esfuerzos nos dejan en un estado de frustración decepcionante.
Sabemos lo que es bueno, pero no lo hacemos. Aprobamos que la voluntad de Dios sea perfecta, mas vivimos desalineados de ella.
¿Qué hacer? Cuando te miras frente a este problema ¿respondes con más esfuerzo? Seguramente alguien te lo ha sugerido. Esfuérzate más. Inténtalo más. Tal vez has llegado a pensar que si lo intentas de veras, lo alcanzarás. Suena bien a nuestros oídos, pero nos condena al fracaso. Aunque sea la manera en que lo vemos de forma natural.
¿Sabes por qué no funciona? Porque no es la manera de Dios. Miremos otra vez las palabras que Dios trajo al corazón de Pablo
(Ro 8.1) 1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Repítelo una y otra vez. Es como el silbo apacible y delicado, en el que Elías contempló a Dios, en medio de su tormenta. Cuando nos parece que estamos perdidos. Cuando todos nuestros esfuerzos se esfuman y nos dejan con la sensación de impotencia total, Dios se nos aparece con estas palabras ¡No hay condenación para ti!
Nunca se nos ocurriría una cosa semejante. No, porque el evangelio no es de hombres sino de Dios. El viene a recodarnos que nunca cambiaremos por nuestros esfuerzos. La única medicina para el hombre caído, es ser derretido por el amor de Dios. Tal vez para muchos esta sea una verdad desconocida. Pero es el único camino.
Para otros, conocerlo no es suficiente. Porque seguimos tomando el rumbo de nuestros propios esfuerzos, ignorando que no cambiaremos a menos que seamos transformados por el amor incondicional de Dios.
No son nuestros esfuerzos, es su gracia.
La manera de batallar contra tu naturaleza caída, es la contemplación de su amor y su gracia.
Si has estado batallando con esto, recuerda que en medio de la desesperación, Pablo lanzó un grito de auxilio: ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
La respuesta llegó automáticamente: Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.
Cuando entendemos lo que Él ha hecho por nosotros, únicamente por amor, entonces nuestros esfuerzos cobran sentido, no para ser amados, sino porque somos amados.
Es cuando entonces el ser transformados nos trae el disfrute que nuestros intentos de reformarnos nunca nos han dejado.
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA
MI DEVOCIONAL DIARIO
MI DEVOCIONAL DIARIO












Deja una respuesta