“Mirad, pues, cómo oís”
Mirad, pues, cómo oís. Lucas 8:18
Sobre algunas personas tan sólo con saber las cosas que escuchan. En días pasados cruzaba el puente Duarte a esos de las 7 am, y me pasó un jovencito manejando un carro, escuchando una de esas músicas raperas estridentes con las bocinas a un volumen altísimo, y por las letras de la música que escuchaba, yo podría deducir mucho sobre la personalidad de ese joven; uno es el reflejo de las cosas que oye. La Biblia le da mucha importancia a las cosas que escuchamos, porque lo que entra por nuestros oídos, y no tan sólo por nuestros ojos, también puede contaminar nuestras almas. De ahí la sentencia breve, pero cortante de Jesús a sus discípulos en la perla de hoy: “Mirad, pues, cómo oís”.
Dios nos ha dado dos orejas y una sola boca, para que escuchemos más y hablemos menos; pero si nuestros oídos son ocasión de caer, mejor sería que tengamos una sola boca y ningún oído, para que seamos guardados del mal. Si bien es cierto que hay personas que hay que colgarlas por la lengua, por lo mucho que hablan, hay otras que hay que colgarlas por las orejas por lo mucho que les encanta escuchar sobre la vida de otras personas, o por lo mucho que disfrutan que le cuenten para luego ir a contar a otros, creando así el tan destructivo efecto bola de nieve que produce una chismografía barata que para nada adorna el carácter santo de un verdadero hijo de Dios.
Creo que uno de los grandes males de la iglesia del siglo XXI es que somos poco dados a escuchar con discernimiento. Y puesto que no ejercemos el sentido del oído para juzgar apropiadamente lo bueno y malo, lo deficiente de lo que verdaderamente aprovecha; nos hemos tornado incapaces de hacer separación entre lo que conviene en un momento y lo que no conviene, y fallamos en diferenciar aquello que es excelente en su esencia de lo que es simplemente bueno. Es por eso que mucha de la predicación que se expone desde muchos púlpitos hoy en día es tan deficiente y deja tanto que desear. La mayoría de las veces, el pueblo de Dios no se alimenta con la comida sólida de su Palabra, sino que lo único que recibe es pura ”paja” de predicadores improvisados que no dedican tiempo a su preparación personal ni espiritual, por lo que tienen muy poco, por no decir nada que ofrecerle a la iglesia.
¿Cuál es la consecuencia de eso? Que cada vez más, con mayor frecuencia, encontramos creyentes muy deficientes en su carácter cristiano; creyentes con pobre conocimiento bíblico, incapaces de defender las verdades más elementales de su fe. Pero todo viene por ese “oír defectuoso”, sin juicio ni discernimiento; creo, y lo digo con un corazón pastoral, que nuestros oídos se han ido acostumbrando al sonido de címbalos resonantes, que hacen mucho ruido, pero que en el fondo carecen de la sustancia de la Palabra de Dios, que es el medio provisto por Dios para que crezcamos en fe, en gracia y en salvación. Prov 18:15 dice: “El oído de los sabios busca la ciencia”; y quisiera terminar haciendo una pregunta: ¿Oyendo qué cosas pasas la mayor parte de tu tiempo? De la abundancia del corazón habla la boca, y de la abundancia de lo que oímos se llena el corazón. ¿Ves la relación entre el oído, el corazón y la boca? La boca deja ver lo que hay en el corazón, y el corazón deja ver lo que ha entrado en nuestros oídos; el hombre sabio oye la sabiduría que viene de Dios, más el necio llena su mente de las simplezas del mundo. Amén.
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