“La soberanía de Dios y nuestra responsabilidad”
“Jehová, tú nos darás paz, porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras”. Isaías 26:12
Dios no nos ha colocado al “inicio” de la carrera de la salvación para que, a partir de entonces, nosotros tratemos de llegar a la meta por nuestros propios medios y esfuerzos. ¡No y mil veces no! Eso sería salvación por obras y no por gracia. Eso sería predicar “otro Evangelio” y caer bajo la maldición de Gálatas 1:8 “Mas si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”.
Es Dios quien nos ha salvado y es Él quien sustenta y sostiene nuestra salvación; por eso tenemos paz interior, porque la salvación depende exclusivamente de lo que Dios ha hecho. Es cierto que somos nosotros los que hemos creído, los que trabajamos, los que perseveramos, pero es El quien “hace en nosotros todas nuestras obras” como dice la perla de hoy.
Es nuestra responsabilidad ocuparnos por nuestra salvación, pero el poder para hacerlo proviene de Dios. En Fil 2:12-13 nos dice el apóstol Pablo: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, PORQUE Dios es quien produce en vosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. Noten el balance y la armonía que hay entre la responsabilidad humana (ocupaos) y el poder divino (porque es Dios quien produce en vosotros). Una cosa no anula la otra; no son mutuamente excluyentes, sino más bien, se complementarias. No es una cosa o la otra, sino una cosa y la otra.
El Salmo 110:3 nos enseña: “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente a ti en el día de tu poder“. El ofrecimiento voluntario de su pueblo ocurre en el contexto del gran despliegue de su poder, que es el motor primario que mueve la rueda de nuestra voluntad. Si la salvación dependiera únicamente de nosotros, ciertísimamente la perderíamos, porque sin Él, nada podríamos hacer (Juan 15:5). No sabemos dónde termina nuestra responsabilidad humana y dónde empieza la soberanía de Dios, pero ambas coexisten maravillosamente sin que haya ninguna tensión entre ellas, conforme a lo que Dios nos ha revelado en su Palabra. Dijo Jesús en Jn 6,37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí” (eso es soberanía divina), y luego añade: “Y al que a mí viene, no le echo fuera” (eso es responsabilidad humana), y no hay contradicción en este texto, sino una perfecta tensión entre lo que Dios hace, y lo que nosotros debemos hacer. Amén
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— © Reynaldo Perez












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