La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. Salmos 85:10
El Evangelio vino a dar respuesta al más grande conflicto espiritual al que se enfrentaba el hombre bajo su pecado. Por siglos, muchos se preguntaron y con lógica razón: ¿cómo podría Dios, siendo justo y perfecto, hacer que hombres pecadores por naturaleza tuvieran comunión con Él, sin que su justicia se viera comprometida al mismo tiempo que su gracia les era ofrecida como perdón? En palabras más sencillas, Dios se encontraba en un dilema entre su justicia (que demanda un castigo consecuente e irrevocable por el pecado), y su misericordia (que otorga un perdón inmerecido a los pecadores). La pregunta es: ¿quién sería la gran triunfadora en este conflicto divino: su justicia que castiga el pecado o su gracia que perdona el pecado?
Amados, ¿cómo Dios logró que la misericordia y la verdad declarada (de que el hombre es un pecador sentenciado bajo juicio de condenación) se encontraran? ¿Qué fue lo que Dios hizo para que su justicia (que como un fiscal acusador demanda castigo por el pecado), y la paz que ahora disfrutamos (por haber sido reconciliados con Dios) se besaran? La verdad es que la solución a este conflicto nunca estuvo en las manos del hombre ni jamás dependió de él. Más aún, el hombre ni siquiera se enteró de la tensión espiritual en que Dios se encontraba, de no haber sido por la gloriosa revelación que Él nos trajo por medio del Evangelio. Así que la respuesta a ese dilema eterno es bien sencilla: en Cristo Jesús, la misericordia y la verdad de Dios se encontraron, y en el Calvario la justicia y la paz se besaron (Sal 85:10).
La maravillosa solución fue posible por la muerte vicaria de Cristo en la cruz, sobre quien Dios cargó todos nuestros pecados (Is 53:6). ¿Acaso puso Dios de lado el atributo inmanente de su justicia al perdonar a pecadores culpables? ¡Jamás!, porque nuestros pecados ciertísimamente fueron juzgados, condenados y castigados, sólo que Dios lo hizo en la persona de Cristo, quien ocupó tu lugar y mi lugar en la cruz, bebiendo el cáliz completo de la ira de Dios como saldo por nuestros pecados. Pedro lo dice magistralmente: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…” (1 P 3:18). Y las palabras de Pablo en 2 Co 5:21 son insuperables: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.
Todo eso significa que Cristo cumplió en el madero la sentencia que pendía sobre nosotros, para que la justicia perfecta de Dios fuese eternamente satisfecha por Él y en Él; a la vez que nosotros recibíamos el beneficio del perdón por medio de su gracia, para que en todo Dios sea “el Justo y el que justifica al impío” (Ro 3:26; 4:5). ¿Se dieron cuenta cómo Dios resolvió la tensión entre su justicia y su misericordia, sin que una ni otra fuese afectada? Cristo fue castigado (expresión de la justicia) y nosotros fuimos perdonados (expresión de la gracia). Cristo, que nunca cometió pecado (pues era el santo de Dios), ocupó el lugar del pecador (que sí merecía el juicio de Dios), para que por causa de su sacrificio en la cruz, la ira de Dios contra el pecado fuese totalmente aplacada, para que ahora su misericordia pudiera ser ofrecida gratuitamente a pecadores culpables como tú y como yo. Por eso hoy podemos decir con plena seguridad que en la cruz del Calvario: “La misericordia y la verdad se encontraron; y la justicia y la paz se besaron”. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1). ¡Gloria a Dios por su gracia! Amén
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© Reynaldo Perez












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