“Fortaleza en la debilidad”
“… Diga el débil: Fuerte soy”. Joel 3:10
La fortaleza del creyente no descansa en lo que él es en sí mismo, sino en lo que él es en Dios. Todas sus fuerzas están y provienen de Dios. Por eso dice Pablo en Ef 6,10: “… Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza”. Los grandes héroes de la Biblia no eran seres extraordinarios como muchos piensan; no eran serafines o querubines a semejanza de hombres. Ellos estaban hechos del mismo material genético del que estamos hechos tú y yo. Elías, a pesar de los milagros que hizo, dice Stg 5,17: “… era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses”.
¿Dónde está la diferencia entre esos héroes de la fe que se mencionan en Hebreos 11, y alguno de nosotros? En que ellos se mantuvieron esperando a Dios y con los ojos puestos en Jesús, sin confiar para nada en sus propias fuerzas o astucia personal, sino que, como dice Heb 11,13-16: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos…”
Esa es la gran diferencia; ellos tenían debilidades y flaquezas al igual que nosotros, pero se fortalecieron en Dios por medio de la fe. La fe son las alas que elevan nuestro espíritu al cielo; es el ancla que penetra hasta detrás del velo y que mantiene nuestra vida adherida a Dios. Amados, es tiempo de confiar en Dios y en sus promesas que nunca fallan. Y es hora de proclamar, como nos enseña la perla de hoy: “… Diga el débil: Fuerte soy”. Cuando Dios llamó a Moisés, éste se hallaba pastoreando las ovejas de su suegro Jetro, lleno de inseguridades y temores, hasta que aprendió que su fortaleza venía de Dios.
David se sintió también indigno cuando dijo en 1 Cr 29,14:”Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. De igual manera dijo Jacob en Gen 32:10, lleno de debilidades, pero confiado en Dios: “Indigno soy de toda misericordia y de toda la fidelidad que has mostrado a tu siervo”. Igualmente de impotente y débil se sintió el rey Ezequías ante las amenazas de Senaquerib (2 Cr 32:1-22). Josafat sintió temor ante el avance de los amonitas y moabitas (2 Cr 20:1-29). Pero todos ellos entendieron que aunque eran humanamente débiles, en Dios eran poderosamente fuertes. Cuando Pablo oró al Señor para que le quitara aquel famoso aguijón que perturbaba tanto su tranquilidad, ¿cuál fue la respuesta divina para él?: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co 12:9). Amados, ¿nos es suficiente o no la gracia de Dios? Pregúntele a un pececito si le basta el océano para nadar o si necesita algo más grande. Nosotros somos esos pececitos nadando en el océano infinito de la gracia de Dios (Spurgeon). Amén
— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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