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“…Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo…” Heb 1:1-2
Amados hermanos, es interesante constatar como el texto que hoy nos ocupa pondera a Jesús como el vocero oficial de Dios. Cabría entonces preguntarnos ¿Qué trasmiten los mensajes de aquellos que, dejan a Jesús fuera de sus sermones? Jesús no fue solo conocimiento sin una apertura relacional en la comunidad que le rodeaba. Jesús sobrepasó muchísimas barreras y, su más notable herramienta fue su Palabra o Mensaje. Si escarbamos un tanto en la historia universal, notaremos que esta registra discursos memorables servidos por grandes hombres que, en momentos importantes del desarrollo de su nación supieron enardecer el ánimo de multitudes, logrando mover su voluntad e inclinarlas en la dirección que la ocasión demandaba. Podríamos agregar a la lista de elocuentes oradores, nombres como los de Pericles, Abraham Lincoln, Winston Churchill, John F. Kennedy, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, y un nombre más del pasado reciente: Nelson Mandela. Pero hay un Nombre que tan sólo al ser mencionado eclipsa a todos los demás. Un Nombre que está por encima de todo nombre que se nombra, y ante el cual, los hombres más prominentes en los anales de la historia vienen a ser como pigmeos delante de Él; nos estamos refiriendo a nuestro Señor Jesucristo, aquel a quien Juan 1:14 define como el Verbo hecho carne; Como dice una canción popular: Cristo es verbo, no sustantivo. El sustantivo sirve para designar las cosas; el verbo implica acción, movimiento, energía, estado, esencia. Eso es Cristo para nosotros: el Verbo de Dios; la Palabra encarnada; esa palabra creadora que en Génesis 1 trajo todo a la existencia, es a la que se refiere J, 1:2-3, al interpretar teológicamente la intervención en la historia humana de Cristo como el Verbo: “… Y el Verbo era con Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. Por tanto, siendo Cristo el Verbo de Dios encarnado, era de esperarse que sus palabras y sus mensajes cautivaran a las multitudes. Cuando Jesús inició su ministerio público fue invitado a leer en la sinagoga en el libro del profeta Isaías, y después de haber leído una lectura referente a Él mismo, dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc 4:21). Y luego Lucas añade: “Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (Lc 4:22). Y ya había dicho: “Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él”. (Lc 4:20). Noten cómo el escritor sagrado nos prepara desde el mismo principio del ministerio de Cristo para que entendamos el poder, la influencia, la admiración y efecto que las palabras, el discurso y la vida de Jesús iban a producir en el alma de sus oyentes.
¡Qué maravilloso es nuestro Salvador! Sus palabras son inigualables; la belleza de su mensaje es insuperable; su autoridad es indoblegable; sus verdades son incuestionables; por eso, al finalizar el Sermón del monte, nos dice la Biblia: “Y la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mt 7:28-29). Amén
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA
MI DEVOCIONAL DIARIO












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