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El verdadero sacerdote!!!

Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová…” (Lv 10.1–3)

¡Qué triste! Dentro de eventos tan gloriosos una escena de dolor, un juicio,una pérdida.

Nos resulta complicado asociar tales acontecimientos con el Dios de amor que hemos conocido. Preferimos pensar en un Dios que ama al hombre y tolera cualquier desajuste que este presente en su comportamiento. Un Dios que no hable de juicio sino solamente de perdón y tolerancia.

Si predicásemos de ese dios no tendríamos dificultades para que las personas nos escucharan. Sería un mensaje romántico en el cual el hombre, como víctima de su debilidad, siempre encontraría la tolerancia. No existiría desafíos para acercarse a él y por consiguiente nuestras iglesias ganarían más personas.

Nada más apetitoso para nuestro mundo postmoderno en el cual reina el relativismo. Todos prefieren creer a su manera en un dios que funcione de acuerdo a las preferencias de cada uno.

Pero este dios tiene un gran problema: ¡No Existe! ¡No es nuestro Dios!

Los jóvenes hijos del sacerdote Aarón parece que no habían entendido bien el carácter de su Dios. Se aventuraron a ofrecer un servicio alto y sublime, solamente reservado para el sacerdote, permitido a una sola persona. En lugar de tomar el fuego del altar de bronce para poner en sus incensarios, probablemente se conformaron con usar fuego común.

La irreverencia, la falta de consagración les dominó y les llevó a presentar delante de Dios un fuego letal.

Nuestro problema es que no podemos conciliar dos aspectos que forman parte del carácter de Dios y por tanto, ambos están presentes en su relación con el hombre: Su Gracia y su Santidad.

¿Cómo un Dios Santo se ha acercado a nosotros sin que su Santidad se modifique?

Es precisamente la armonía entre estos dos elementos la que nos permitirá vivir una vida equilibrada. Pero el hombre no entiende cómo hacerlo.

Esta es la causa por la que todas las religiones que el hombre ha diseñado fallan. Algunas tratan de enfocarse en la santidad sin gracia y otras en la gracia sin santidad.

Al final fallan en las dos. Porque no existe la una sin la otra ni existe una más que la otra. Solamente la noticia del evangelio de Jesucristo puede conectar ambas cosas sin minimizar ninguna de las dos.

Cuando miramos a nuestro salvador vemos a un Dios que nos amó de tal manera que vino a rescatarnos, pero pagó un rescate de alto valor para cubrir el precio de nuestro pecado. Nuestra salvación es un regalo para los que creen pero tuvo el más alto precio que se puede pagar.

Es entonces cuando comenzamos a entender el gran privilegio que tenemos al ser hechos sus hijos. Cuando nuestro corazón suspira por tal amor inmerecido. Cuando nuestra vida es desafiada por la santidad y la pureza de aquel que nos llamó.

No se trata de simples leyes que al ser cumplidas externamente nos hagan sentir que hemos cubierto las expectativas de nuestro Creador. No son pequeños esfuerzos que nos prometen hacernos mejores.

Se trata de una vida consagrada, pero desde el corazón, no externamente.

Es saber que todo cuanto hagamos no es suficiente, pero aun cuando no alcanzamos, hemos sido justificados por su gracia.

Nunca estaremos en condiciones de ofrecer incienso delante de su presencia. Pero alguien se ha encargado de hacerlo. Tenemos un sacerdote que tiene este poder. Que se presentó una vez para siempre y ofreció un sacrificio que nos es eterno.

Andemos en su amor, confiados en su gracia, amando su santidad como pequeños que anhelan cada vez estar más cerca de la imagen de su Padre

MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA

 

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