“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Efesios 4:32
Amados hermanos, seamos realistas: es imposible la vida sin ningún tipo de fricción. Dondequiera que exista un conglomerado humano, las ronchas, producto del roce y la cercanía han de surgir inevitablemente. Recordemos que somos pecadores perdonados por la gracia del Señor; aunque creyentes sinceros, que luchan afanosamente contra sus muchos pecados, seguimos siendo seres imperfectos y defectuosos, y no podemos esperar que seres imperfectos produzcan como resultado relaciones perfectas, eso es imposible. Aun nuestro Señor Jesucristo, que era el perfecto Dios y el perfecto hombre tuvo sus encontronazos con los fariseos, y hasta el mismo apóstol Pablo tuvo un desacuerdo no pequeño con el amado Bernabé, de quien tuvo que separarse a causa de Juan Marcos (Hch 15:39).
Ahora bien, nuestras humanas debilidades no son una justificación para excusar los conflictos con nuestros hermanos; debemos en todo tiempo y circunstancia reflejar el carácter santo y perdonador de Cristo. Es por eso que la Biblia nos deja una guía clara de cómo enfrentar las diferencias y disgustos en caso de que estos surjan. La perla de hoy nos da unos sabios consejos para que aprendamos a convivir con nuestros amados hermanos, aun con aquellos que nos resultan difíciles para compartir y tolerar. La exhortación apostólica es: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. La clave de la convivencia cristiana y pacífica es soportarnos los unos a los otros con amor, benignidad y perdón; y quisiéramos agregar algunas cosas relativas al perdón.
El perdón ocupa un lugar preponderante en la teología cristiana; Cristo nos enseñó el perdón como una virtud cardinal que debe adornar el carácter de todo hijo de Dios: Perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas. Noten la importancia de la práctica del perdón que el Divino Maestro nos advierte: que si no perdonamos las ofensas a otros, nuestro Padre Celestial tampoco nos perdonará (Mt 6:15). Así que, el único pecado imperdonable para un creyente es la falta de perdón; para un verdadero creyente, la única venganza que Dios admite es el perdón; cuando perdonamos liberamos al corazón de un peso enorme, sacamos las piedras del alma que lastran nuestro caminar y aligeramos la carga en el trayecto de la vida.
Perdonar es colocar el amor por encima de nuestros deseos egoístas, quitándole a la ofensa su capacidad de hacernos más daño. Perdonar es manifestar a la otra persona que ella es más importante para nosotros que nuestro orgullo o cualquier resentimiento que podamos tener. Perdonar es poner fin definitivo a la espiral de violencia; el perdón es el agua que apaga el incendio del alma; perdonar es elevarnos a una posición de seguir amando, como dijo Martin Luther King: “el perdón es el perfume que despide una flor después de ser pisada”. El perdón lleva en sí mismo el poder milagroso de sanar; es como una calle de dos vías, donde tanto el ofendido como el ofensor reciben el beneficio; es la victoria de la gracia, donde no hay vencido ni vencedor. Amados, nos comportamos como bestias cuando herimos, como demonios cuando odiamos, pero somos como Dios cuando perdonamos. A los impíos se les hace difícil perdonar porque eso no es parte de su naturaleza, mas para el verdadero creyente, el perdonar debe ser tan natural para él como lo es respirar; él es como el “sándalo”, que aun perfuma el hacha que lo hiere, porque la vida de Cristo fluye a través de él, capacitándolo para perdonar sin reservas todas las ofensas contra él cometidas. Amén
—
— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












Deja una respuesta