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“El conocimiento envanece, pero el amor edifica”. 1 Corintios 8:1
La búsqueda del conocimiento verdadero no debe constituirse en un fin en sí mismo, sino en un medio para alcanzar un fin mucho más sublime, y este debe ser conocer la verdad de Dios para que nuestros corazones respondan a ella. Dice el salmista en Salmos 119:2, “Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan”; noten que el propósito último de buscar la verdad divina con toda disposición es para guardar sus testimonios. David no pretendía adquirir un mero conocimiento teórico de las cosas de Dios, sin que éste produjera un interés genuino de vivir una vida práctica de piedad en armonía con la revelación de dichas verdades.
Si el adquirir conocimiento es un fin es sí mismo; si el estudiar la Palabra de Dios no tiene otra razón de ser que no sea ese afán enfermizo de saber todas las respuestas para entrar en discusiones estériles que conducen a ninguna parte, entonces nos hemos desviado hacia el camino de la vanidad, del autoengaño y del envanecimiento propio.
El conocimiento alejado de la práctica sana de la piedad produce engreimiento. Es un caldo de cultivo para el orgullo personal, y hará que nos sintamos superiores a los demás creyentes, despreciando así a las ovejitas más sencillas y humildes del pueblo de Dios. Por eso dice Pablo en la perla de hoy que “el conocimiento envanece, pero el amor edifica”. El conocimiento que no tiene como base el amor será una fuente de constante conflicto, porque nos hará ver las ideas de los otros como toscas e infundadas, hará que refutemos a todo aquel que tenga una opinión contraria a la nuestra, y rechazaremos a todo aquel que no vea las cosas en la forma que nosotros las vemos. En ese sentido nos iremos intoxicando poco a poco con el veneno de nuestro ensoberbecimiento personal, como sucedió con Satanás.
Por eso Pablo nos advierte que la verdadera sabiduría debe tener como base el amor. Sin amor nos descalificamos a nosotros mismos, aunque tengamos una mente tan brillante que podamos deslumbrar al mundo entero. Dice Stg 3:17 que “la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía”. En contraste con la sabiduría que no proviene de arriba, que según el mismo Stg 3,5: “… es terrenal, animal, diabólica”. Recordemos que si podemos conocer todos los misterios del universo y tener todo el conocimiento de los hombres acumulados durante siglos, pero no tenemos amor, de nada nos sirve, estamos envanecidos y sólo nos queda “… una tremenda expectación de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a todos los adversarios de Dios”, según nos enseña Hebreos 10:27. Amén
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— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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