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«El Dios incomprensible»

«El Dios incomprensible»

 ¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Job 11:7-8

El niño, el filósofo y el religioso hacen, todos, la misma pregunta: «¿Cómo es Dios?»

Aprendemos a base de utilizar lo que ya conocemos como puente sobre el cual pasamos rumbo a lo desconocido. A la mente no le es posible irrumpir de pronto más allá de lo familiar en lo que le es extraño por completo. Aun la mente más vigorosa y osada es incapaz de crear algo a partir de la nada, por medio de un acto espontáneo de la imaginación. Esos extraños seres que pueblan el mundo de la mitología y la superstición no son creaciones puras de la fantasía. La imaginación los creó tomando los habitantes corrientes de la tierra, el aire y el mar y extendiendo sus formas familiares más allá de sus fronteras normales, o bien mezclando las formas de dos o más de ellos, de tal manera que se produjera algo nuevo. Por hermosos o grotescos que sean, siempre se puede identificar a sus prototipos. Son parecidos a algo que ya conocemos.

El esfuerzo de los hombres inspirados para expresar lo inefable ha puesto gran presión, tanto sobre el pensamiento, como sobre el lenguaje de las Santas Escrituras. Siendo éstos con frecuencia una revelación de un mundo situado por encima de la naturaleza, y siendo las mentes para las cuales fueron escritos parte de esa naturaleza, los escritores se han visto obligados a usar una gran cantidad de palabras de «semejanza» para poderse dar a entender.

Cuando el Espíritu nos quiere dar a conocer algo que se halla más allá del campo de nuestro conocimiento, nos dice que esta cosa es como algo que ya conocemos; pero siempre tiene el cuidado de poner su descripción en palabras que nos salven de un Iiteralísmo esclavizador.

 Por ejemplo, cuando el profeta Ezequiel vio los cielos abiertos y contempló visiones de Dios, se halló a sí mismo viendo algo que él no tenía lenguaje con el cual describir. Lo que estaba viendo era diferente por completo a todo cuanto él había conocido antes, así que se apoyó en el lenguaje del parecido. «Cuanto a la semejanza de los seres vivientes, su aspecto era como de carbones de fuego encendidos.» Mientras más se acercaba al trono llameante, más inseguras se iban haciendo sus palabras: «Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él.

Y vi la apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor… Ésta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová.»

Por tanto, a fin de dar una idea de lo que ve, el profeta necesita utilizar palabras como «apariencia», «semejanza», «como si fuera» y «la semejanza que parecía». Incluso el trono se convierte en «la figura de un trono», y el que está sentado en él, aunque semejante a un hombre, es tan distinto, que solo se le puede describir como «una semejanza que parecía de hombre».

Cuando intentemos imaginarnos como es Dios, por necesidad tendremos que usar lo que no es Dios como el material en bruto para que nuestra mente trabaje sobre él; de aquí que, como quiera que nos imaginemos que Dios es, no será así, porque habremos construido nuestra imagen a partir de aquello que Él ha hecho, y lo que Él ha hecho no es Dios. Si insistimos en tratar de imaginárnoslo, terminaremos con un ídolo, no hecho con las manos, sino con los pensamientos; y un ídolo de la mente es tan ofensivo para Dios como un ídolo hecho con las manos.

Librados a nuestros propios impulsos, tendemos de inmediato a reducir a Dios a términos manejables. Queremos ponerlo donde lo podamos utilizar, o al menos saber dónde está cuando lo necesitamos.

 Queremos un Dios que podamos controlar en cierta medida. Necesitamos la sensación de seguridad que procede de saber cómo es Dios, y por supuesto, lo que pensamos que Él es resulta ser una composición de todas las imágenes religiosas que hemos visto, todas las personas buenas que hemos conocido o de las que hemos oído hablar, y todas las ideas sublimes que hemos acariciado.

«¿Descubrirás tú los secretos de Dios?» pregunta Zofar el naamatita. «¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es mas allá que los cielos; ¿qué harás?» «Ni al Padre conoce alguno, solo el HIJO, dijo el Señor nuestro, «y aquél a quien el Hijo lo quiera revelar». El Evangelio según San Juan revela lo desvalida que está la mente humana ante el gran Misterio que es Dios, y Pablo enseña en la primera epístola a los Corintios que sólo podemos conocer a Dios cuando el Espíritu Santo realiza en el corazón del que busca un acto de revelación de sí mismo. El anhelo por saber lo que no es posible saber, comprender al Incomprensible, tocar y probar al Inalcanzable, surge de la imagen de Dios que hay en la naturaleza del hombre. El abismo llama a otro abismo. En Cristo y por Cristo, Dios realiza su completa auto revelación, aunque no se muestra a la razón, sino a la fe y al amor.

«¿Cómo es Dios?» Si con esta pregunta queremos decir» ¿Cómo es Dios en sí mismo?», no hay respuesta. Si queremos decir «¿Qué ha revelado Dios acerca de sí mismo, que la razón reverente pueda comprender?», sí hay, creo, una respuesta plena y satisfactoria. Porque aunque el nombre de Dios sea secreto y su naturaleza esencial sea incomprensible, Él, en su condescendiente amor, ha declarado por revelación que hay ciertas cosas que son verdaderas con respecto a sí mismo. Éstas son las que llamamos atributos.

— © Luis Ramirez

Cristianismo Conforme a las Escrituras 

 

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