Me empujaste con violencia para que cayese, pero me ayudó Jehová. Salmos 118:13
Este mundo es como un campo minado para el creyente. Son muchas las trampas tendidas a lo largo del camino con la intencionalidad marcada de hacernos caer. Satanás no desperdiciará oportunidad para zarandearnos como a trigo con el único propósito de que desfallezcamos en la fe. Por eso, en su oración sacerdotal de Juan 17, una de las peticiones de Cristo al Padre fue: “No te ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17:15). Jesús estaba bien consciente de los males que rodearían a la iglesia militante y el alto precio que implica seguirlo; por eso, cuando aquel escriba emocionado al ver la obra gloriosa de Dios por medio de la mano de Cristo, no pudo contener sus impulsos y de forma irreflexiva dijo: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas” (Mt 8:19), a lo que Jesús respondió: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mt 8:20).
La salvación es totalmente gratuita, pero el precio del discipulado cuesta; parte del costo es renunciar a nuestros intereses particulares y deseos pecaminosos, para ahora vivir para Aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre (Ap 1:5). Ser cristiano incluye, como parte del paquete, el sufrir amarga persecución y desprecio por causa del Nombre de Cristo. El apóstol Pablo resume en forma magistral el amplio bagaje de padecimientos que durante todo el desarrollo de su ministerio apostólico tuvo que experimentar en carne viva por la defensa del Evangelio: “Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Co 4:11-13).
El panorama descrito por el apóstol no parece ser muy alentador, y cualquiera se amedrentaría ante las exigencias que demanda ser un verdadero discípulo de Cristo. Y si a eso le agregamos la realidad presentada por el Salmista en nuestro texto: “Me empujaste con violencia para que cayese”; ¿qué creyente no ha pasado por la terrible experiencia de ver cómo es empujado hasta el mismo borde del abismo con la intención de ser despeñado?; ¿cuántas veces los impíos como abejas asesinas nos han rodeado, y como fuego de espinos se han enardecido contra nosotros? (Sal 118:12); ¿cuántas veces hemos tenido que decir como David: “Mi vida está entre leones”? (Sal 57:4); ¿o cuántas veces con temor y temblor hemos tenido que caminar como ovejas indefensas en medio de lobos? (Mt 10:16). Pablo dice: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti 3:12).
Pero qué esperanzador es saber que, aunque seamos empujados con violencia para que caigamos, Jehová es nuestro ayudador. Daniel fue lanzado al foso de los leones, porque sus enemigos lo indispusieron contra el rey Darío, mas Dios envió su ángel para que lo librara (Dn 6:22). El fiel José fue arrojado a una cisterna por sus hermanos envidiosos para que muriera, mas Dios en su providencia, movió de tal forma los hilos de la historia que José, no solo fue librado, sino que fue engrandecido hasta el mismo trono de Egipto (Gn 37:1-36). Jeremías fue lanzado a un pozo lleno de cieno, porque no soportaban su mensaje, pero Dios le socorrió en el momento preciso (Jer 38:6). Hermanos, no temamos a aquellos que nos empujan violentamente intentando hacernos caer; digamos como dijo el profeta Jeremías: “Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada” (Jer 20:11).
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© Luis I. Ramirez












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