“…Al llegar a este punto, Job se levantó, se rasgó las vestiduras, se rasuró la cabeza y luego se dejó caer al suelo en actitud de adoración. Entonces dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El Señor ha dado, el Señor ha quitado…” (Job 1:20-21).
El mundo en el que vivimos cada día se vuelve más consumista. Los bienes materiales que se poseen, la seguridad y la salud se han vuelto el centro de la vida del hombre. Dicho de otra manera, en nuestros días todo lo que da sentido de auto realización y trae satisfacción personal ha llegado a ser tan importante que es prácticamente
idolatrado. Perder estas cosas nos suele dejar con un profundo sentimiento de inseguridad e inconformidad y no sólo esto sino que también solemos buscar y encontrar un culpable que en última instancia, en la mayoría de los casos para no ser absolutos, es Dios. No es nada raro que perdamos la adecuada y correcta perspectiva de la. Ida cuando nos centramos en las cosas superfluas de ella y no en lo que realmente es trascendente y eterno. Pero cuando el proceder es inverso aún en medio del dolor más intenso continuamos descansando en aquel que es la razón de vivir para nosotros. El enemigo de nuestras almas, el tentador, que es conocedor de las flaquezas y debilidades de los hombres, atacó al siervo de Dios de la manera más intensa y despiadada posible para él y en lo que consideraba que era de suprema importancia para aquel hombre. Que gran equivocación la de Satanás. Job aunque podía disfrutar disfrutar de todas aquellas riquezas y estabilidad en su vida y aun dolerse por perderlas en un abrir y cerrar de ojos, no las tenía como su más elevado bien. Había para él alguien supremo que no merecía ser culpado ni desatendido sino todo lo contrario, debía ser siempre adorado y reconocido como Soberano Señor de gracia. Este dramático episodio nos muestra claramente la abismal diferencia en la reacción del que tiene a Dios como el centro de su vida y el que tiene cualquier otra cosa menos Dios ¿Qué te dicen tus reacciones hoy en cuanto a quien es el centro de tu vida? Todos los cristianos queremos responder a esta pregunta con una respuesta que nos presente como personas muy espirituales. Pero digamos como el salmista «examíname, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino eterno». Es fundamental que tengamos presente que lo más importante aquí no es reaccionar como lo hizo Job. Tal vez te sorprenda esto y pienses que es un error lo que acabas de leer o que no has entendido bien. Pero sí, si es eso lo que acabo de decir, porque quiero que nos cercioremos de no ir por el camino equivocado. Perseguir reaccionar espiritualmente puede parecernos muy bueno pero no es suficiente para llegar a ello. El único que nos puede llevar a auténticas reacciones espirituales es Dios en en el centro de nuestra vida. Por tanto, asegurémonos de amar a Dios como sólo él merece y él se encargará de hacer una notable diferencia en nuestras vidas. Que nuestro amor a Dios sea mucho más que una simple y vana tradición o un gastado y engañoso concepto que permanece como una idea que nos mantiene débilmente ligados a una iglesia. Amarle y conocerle por encima de todo ciertamente significa valorarle como superior a todo y todos, es decir, es encontrar únicamente en él plena y verdadera satisfacción. La genuina diferencia en la vida únicamente la produce Dios en el centro de ti.
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA
MI DEVOCIONAL DIARIO












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