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¿Culto falso a un Dios verdadero?

“…¿Con qué me presentaré al SEÑOR y me postraré ante el Dios de lo alto? ¿Me presentaré delante de El con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agrada el SEÑOR de millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite? ¿Ofreceré mi primogénito por mi rebeldía, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?…” Miqueas 6:6-7

Amados, si algo tenía claro la iglesia primitiva, es que Jesús dio paso a un nuevo culto a Dios. En base a su perfección y cumplimiento, nosotros podemos vivir en comunión con el padre y entrar en una relación íntima y profunda con el Dios creador. En el pasaje que nos compete, el profeta Miqueas estaba denunciando el culto sin justicia ni amor, donde Dios no era el centro. Un culto que estaba separado de la vida. Dios habla a través del profeta Isaías: “…este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios, pero su corazón está lejos de mí y su culto a mí es precepto humano y rutina…” (29:13).

Amados hermanos, el culto al Dios verdadero puede vaciarse cuando ofrece cosas, pero no ofrece vida, y así se mostrará como culto vacío e hipócrita. Erróneamente podemos vivir haciendo del culto la más fenomenal coartada: Sentirse bien con Dios, a quien se le da lo que es debido y vivir la propia existencia al margen del su plan salvador para con los hombres.

Al Dios verdadero no podemos darle un culto falso. No podemos celebrar al Dios que se ha entrañado en la historia con un culto que no encarne al creyente en el corazón mismo de la historia. Allí, donde hay más dolor, hay más miserias: en los pobres, en los necesitados y afligidos. Esto es lo que duele a los profetas: en el culto vacío está en juego la imagen misma de Dios. Y la denuncia de ellos es una respuesta a la pregunta “dime cómo es tu culto y te diré quién es el Dios en que crees”.

Mis hermanos, qué triste cuando la confianza en el Señor va perdiendo su dimensión personal. Qué triste, cuando el “no temáis, yo estoy con vosotros” va saliendo de la relación vital Dios/hombre, para irse “cosificando” en la estructura material del templo. El Dios verdadero debe ser siempre el centro de la celebración cristiana. Es imposible que sangre de toros y cabras quite los pecados (Heb. 10:4). Por muy bien hechos que estuvieran los sacrificios del Antiguo Testamento no podían cumplir la meta que se proponían: quitar los pecados; realizar la comunión Dios/hombre, hombre/Dios de manera total y perfecta. Sólo la vida puede convertirse en culto. Y la vida de Jesús, disponible totalmente para realizar los designios del padre, consuma el nuevo culto. La vida y la muerte de Jesús nos sitúan, por tanto, en la entraña misma de esta “liturgia” personal e irrepetible. Lo sabemos bien: con nuestra celebración, nosotros no repetimos ni el sacerdocio, ni el sacrificio, ni el culto ofrecido una vez y para siempre por Jesucristo; lo hacemos presente, en el aquí y ahora de la comunidad que celebra. En la celebración, la vida nueva en Cristo Jesús, recorre las vidas de los que celebran, transformándolas y haciéndolas nuevas. Ese es precisamente el tipo de culto que espera Dios. ¿Es este tu culto? Que el Señor les bendiga es mi deseo.

MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA

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