“Cuidado con la indiferencia y el individualismo de nuestra cultura”
“No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Filipenses 2:4
Ser cristiano, según lo describe el apóstol Pablo en el libro de Filipenses, tiene que ver con el desarrollo de nuestras virtudes y carácter a la semejanza de Cristo, proyectadas hacia afuera, con el único propósito de que podamos servir y alcanzar a otros. La perla de hoy: “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” está en el contexto de la gloriosa encarnación de nuestro Señor Jesucristo, quien vino del cielo para darnos el más grande ejemplo de humildad y desprendimiento del que jamás la historia humana será testigo. Pablo nos motiva a servir incondicionalmente a los demás, poniendo como modelo perfecto la humillación de Cristo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo… haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:5-8).
Lamentablemente, este mundo está podrido hasta los tuétanos, hasta tal punto que cada uno vive encerrado en su propia burbuja, indiferente a las necesidades de los demás. Si hay tres cosas que impulsan al hombre mundano en su afán enfermizo de granjearse un nombre en la sociedad, son estas: egoismo, autogratificación y la autorrealización. Estos elementos constituyen el eje central alrededor del cual gira todo el universo del hombre moderno. Estos tópicos son los temas recurrentes de muchos charlistas motivacionales, los cuales se están haciendo multimillonarios a base de la manipulación artificiosa y bien orquestada de esa necesidad imperante que hay en el hombre que no tiene a Dios, que busca aferrarse desesperadamente de cualquier cosa que él entienda, pueda darle sentido y significado a su vida insípida y banal.
En esa carrera desenfrenada y egoísta, al hombre sólo le preocupa arribar a la cima de la pirámide social, sin importarle a cuántos y a quiénes tenga que aplastar en su paso arrollador. Lo importante es llegar, no importa cómo sea; aunque para ello tenga que violar todos los principios éticos y morales que distinguen el buen proceder de un hombre honesto. El hombre quiere autorrealizarse en el sentido de lo que el mundo llama autorrealización: tener una yipeta lujosa del año, una gran mansión, hijos en los colegios más prestigiosos del país, pasaporte diplomático, una abultada cuenta en dólares en un banco extranjero; y lógico, ser amigo del Presidente, de senadores y diputados, olvidándose que nuestra verdadera realización sólo la podemos alcanzar en Dios por su gracia, y no sólo es cuestión de: “tócame el mambo que yo también lo sé bailar”.
Y algo que ha llevado al hombre a olvidarse de hacer el bien y mostrar misericordia; de ayudar a los marginados en su miseria, y a los enfermos en su condición, es la engañosa idea de la autogratificación. Como dice el anuncio aquel: ¿y tú?, ¿para qué trabajas? O aquel otro que dices: no viva mal, coja fiao. O también: tú te mereces unas vacaciones, etc. Todo eso no es más que la filosofía mundana de la autogratificación personal, que nos hace olvidarnos de los demás y concentrarnos sólo en nosotros mismos. Por eso hay tantos pecados sexuales, porque sólo se piensa en la gratificación sexual del momento y no en las consecuencias terribles que se pueden desprender de los mismos. Amados, imitemos el ejemplo de Cristo, que no vino a ser servido ni agradarse a sí mismo, sino que vino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20:28). Amén
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— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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