“Cristo, el Hijo de Dios”
El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios. Mateo 27:54
Si hubo un momento en la vida de Jesús en que su fragilidad humana quedó ampliamente expuesta fue, sin lugar a dudas, en el momento de su crucifixión. Pero aún en esa hora de tanta debilidad nuestro Señor irradiaba su gloria divina. Imaginémonos las escenas de su pasión y muerte: La angustia profunda vivida en Getsemaní que le hizo sudar grandes gotas de sangre; la vil traición de Judas, uno de los doce; la vergüenza pública de ser contado entre ladrones; su cabeza coronada con espinas, su espalda destrozada por el temible látigo romano; además de ser golpeado, abofeteado, escupido, humillado, cargar la pesada cruz por casi un kilómetro, pensemos en sus manos y pies atravesados con grandes clavos de acero, la sed que desgarraba su garganta, y la lanza del verdugo que laceró su costado; allí estaba Jesús, debilitado, sin fuerzas, consumido por el dolor y aún así, colgado en el madero, el centurión reconoció la majestad del Señor y tuvo que exclamar a voz en cuello: ¡verdaderamente éste era Hijo de Dios!
¿Qué vio el centurión en el Maestro agonizante que le llevó a concluir que en verdad Cristo era el Hijo de Dios? En primer lugar, su santidad divina. Había algo en Jesús que no lo había en nadie más, Él reflejaba la imagen misma de la gloria de Dios en su rostro; en segundo lugar, su capacidad de soportar el dolor sin tan siquiera emitir lamentos. Nadie jamás ha padecido lo que Jesús padeció; los sufrimientos que costaron nuestra redención son indescriptibles y nunca, por más que meditemos en ellos, llegaremos a penetrar el velo de misterio tendido sobre las angustias del Calvario. Y en tercer lugar, su carácter manso, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aquel centurión fue siguiendo paso a paso todo el recorrido de la crucifixión, y aunque nunca llegó a mediar palabras con el Hijo de Dios, la actitud inusual de aquel Hombre, su sumisión, su entrega y sus palabras, impactaron de manera profunda el corazón de aquel centurión. Y aunque Jesús moría en debilidad, en vergüenza y con su gloria velada, aquel centurión entendió lo que pocos entendieron, al pie de la cruz: Que no era un hombre común y corriente el que moría colgado en el madero, sino el Hijo del Dios, el Salvador del mundo. Por eso, ante ese despliegue de la majestad divina sobre el Hijo desfalleciente, el centurión no se pudo contener y tuvo que exclamar: ¡verdaderamente éste era Hijo de Dios!, no podía ser otro, sino Dios mismo hecho hombre el que ha estado entre nosotros, y en quien hemos palpado su gloria eterna. Amén
— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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