“Nuestro glorioso salvador”
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Lucas 23:34
Qué Salvador más maravilloso es nuestro Señor Jesucristo, que aún en la hora amarga en que le tocó pasar por el trance agudo de su pasión y muerte, se olvidó de sí mismo e intercedió delante del Padre por sus verdugos que se deleitaban en verle sufrir, abriéndole profundas y sangrantes heridas para que se cumpliese literalmente el salmo 22:16 donde Cristo, en palabras de David, profetiza: “Horadaron mis manos y mis pies”, dando claramente a entender que el tipo de muerte que habría de sufrir era la crucifixión. Imaginémonos por un momento qué hubiese sido de nosotros si Jesús, en vez de decir: “Padre, perdónalos” hubiese dicho: Padre, consúmelos o quizás: Padre, destrúyelos; podemos estar seguros que hoy yo no estuviera leyendo esta perla ni ustedes escuchándola.
Pero, glorias sean dadas a Dios que a pesar de los terrores del Calvario que nuestro amado Señor tuvo que enfrentar, Él supo mostrar su amor incondicional hasta el final. Mientras hubo un hálito de vida en su cuerpo mortal, su amor fluía incesantemente hacia los suyos y hacia sus enemigos. Cuando Judas, uno de los doce, le entregaba vilmente con un beso que rezumaba traición, Jesús le recibió con palabras amorosas al decirle: “Amigo, ¿a qué vienes?” (Mt 26:50). De la misma manera, a pesar de haber advertido a Pedro sobre la triple negación en la que estaba próximo a incurrir, dice la Escritura que al negarle Pedro por tercera vez: “Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc 22:61-62). Fue una mirada de amor, de ternura, de compasión; Jesús no le reprochó nada ni recriminó con palabras al avergonzado Pedro.
Jesús mostró amor hacia Malco, el siervo del sumo sacerdote, cuando Pedro impulsado por el miedo sacó su espada y le cortó la oreja. ¿Qué hizo Jesús en ese contexto? Una vez más, mostró su amor y misericordia, “y tocando su oreja, le sanó” (Lc 22:51). Nuestro Señor abrazó con amor salvífico al malvado ladrón de la cruz que, aunque en un principio se burlaba de Cristo (Mt 27:44), supo reconocer que Aquel hombre era el Salvador del mundo, por el carácter divino y la santidad gloriosa que destellaba aún en el momento de mayor debilidad de su muerte en la cruz; Lucas registra las palabras de gracia de Cristo para aquel ladrón penitente: ”De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23:43).
Y lo que no podía faltar, el cuidado de amor mostrado por Cristo hacia su madre María, y hacia el discípulo amado: Juan; aún colgado en la cruz tenía muy presente a su madre: ”Mujer, he ahí tu hijo; y después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Jn 19:26-27). Cristo soportó con paciencia la ignorancia espiritual de Pilato; no tomó venganza personal contra aquel alguacil que le abofeteó (Jn 18:22). Enmudeció ante la más grande injusticia jamás cometida por los líderes religiosos de Israel contra el único hombre justo, santo e inocente que ha pisado esta tierra impía (Is 53:7). Y lo más sorprendente de todo: oró al Padre por el perdón de sus verdugos que le estaban quitando la vida: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Amados, ¿acaso no es esa la más grande lección de amor, de gracia y bondad jamás exhibida? Recordemos que fuimos llamados a salvación cuando éramos enemigos de Dios y no cuando éramos precisamente santos, como dice Pablo en Rom 5,6: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”. Así que, el Calvario es un faro de luz, de amor y gracia, y un regalo de la misericordia de Dios para todo aquel que está muerto en sus delitos y pecados, necesitado de la vida que sólo Cristo da. ¡Gloria a Dios por esa oración intercesora de perdón hecha por nuestro fiel y eterno Sacerdote Jesús! Amén.
— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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