Josué 5:13-15 y 6:1-2
“…Sucedió que estando Josué cerca de Jericó, alzó los ojos y miró; y he aquí que un hombre estaba delante de él, con su espada desenvainada en su mano. Josué, yendo hacia él, le preguntó: ¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos? El le respondió: No. Yo soy el Jefe del Ejército de Jehovah, que he venido ahora. Entonces Josué, postrándose en tierra sobre su rostro, le adoró y le preguntó: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? El Jefe del Ejército de Jehovah respondió a Josué: Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás santo es. Y Josué lo hizo así.
Jericó estaba cerrada y atrancada por causa de los hijos de Israel. Nadie entraba ni salía. Pero Jehovah dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó, a su rey y a sus hombres de guerra…”
En el capítulo cinco nos encontramos con la conquista de la tierra. ¡Qué relato tan impresionante! Al pensar los israelitas en entrar y apoderarse de la tierra, contemplaron la gran ciudad de Jericó con sus enormes murallas. Si bien Jericó era el primer obstáculo visible en su camino, no fue lo primero con lo que se tuvo que enfrentar Israel. Había tres preparativos que el pueblo de Israel debía hacer antes de poder ir a la conquista de la tierra.
En primer lugar, tenían que ser circuncidados. Como sabemos por lo que nos dice el Nuevo Testamento, la circuncisión es una imagen de un corazón entregado, es decir, un corazón que ha dejado de confiar en la carne para confiar solo en Dios. (Rom. 2:29)
La segunda cosa que necesitaban hacer era celebrar la Pascua que era un recordatorio de la noche en que el Señor los liberó de Egipto. Además es una imagen del corazón agradecido que recuerda el día de su liberación cuando Cristo se convirtió en el sacrificio de la Pascua por nosotros. Después de la celebración de la Pascua les fue dado un nuevo alimento. El maná que les había sustentado en el desierto dejó de aparecer el día en que entraron en la tierra y comenzaron a alimentarse de comida de la tierra. Jesús dijo que el era el verdadero pan del cielo, el único que puede satisfacer verdaderamente el corazón del hombre.
La conquista empezó por fin, Josué tenía que planear la estrategia para conquistar la ciudad de Jericó. Al contemplar la ciudad que estaba bien cerrada por causa de ellos, vio a un hombre con su espada desenvainada y le preguntó: «¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos? El le respondió: No, yo soy el jefe del Ejército de Jehová, que ha venido ahora. (Jos. 5:14) Es decir, «no he venido para ponerme de parte de nadie, pero sí he venido para hacerme con el control. No es tu labor el planear la estrategia de la batalla, esa es mi tarea. He puesto la ciudad de Jericó en tus manos. Entonces Él Señor le presentó a Josué el plan de batalla más asombroso que jamás se ha trazado y confirmó que su llamado provenía de él.
De igual manera que habían tres desafíos, o tres obstáculos principales que tenían que vencer antes de apoderarse de la tierra. Esto es una imagen de tres clases de problemas con los que nos enfrentamos al caminar en la vida cristiana. El primero de ellos es Jericó, con murallas impenetrables, una inmensa fortaleza, un desafío externo, un obstáculo aparentemente insuperable. Todo ello representa los problemas, una costumbre o vicio que hemos tenido durante mucho tiempo y que nunca hemos podido vencer. Cuando seguimos la estrategia que el evangelio nos ha provisto, sencillamente caminar acompañado del arca de Dios (la presencia de Dios) mientras adoramos a Dios por su grande victoria las murallas se derrumban. Cuando hay un cambio total de actitud hacia un problema de esta naturaleza, el problema desaparece.
El segundo obstáculo con el que se encontraron en su camino fue la pequeña ciudad de Hai. Pero primero tenemos la historia del pecado cometido por Acán. Por lo tanto, Hai es una preciosa imagen para nosotros de esos problemas interiores que surgen por causa de nuestras propias lujurias y ante aquello que Dios dice que no podemos y no debemos tener. Experimentamos el fracaso y la derrota igual que le sucedió a Israel, pero en el momento en que confesaron el pecado, fueron hasta Hai y dejó de ser un problema. Fue una batalla, pero no un problema. Por medio de ello, obtuvieron la victoria sobre el problema de la carne.
La tercera imagen de los ataques especiales de Satanás sobre el creyente son las dos batallas de Gabaón y Bet-jorón. Gabaón es la historia de un engaño. Los gabaonitas se pusieron vestiduras viejas, cogieron pan seco y mohoso y odres de vino viejo y cabalgaron sobre asnos costales viejos para encontrarse con Josué. (Jos. 9:3). Josué les creyó e hizo un pacto con ellos. ¡Cuando hubieron firmado el tratado, Israel se dirigió hacia la cima de la colina y allá abajo estaba Gabaón! Se habían visto atrapados y engañados como resultado, los gabaonitas se convirtieron en su aguijón en el costado durante el resto de la historia de Israel.
A continuación tenemos el relato de Bet-jorón, cuando todos los reyes de los cananitas se unieron y cayeron como una tremenda liga de naciones en contra de Josué. Fue una gran batalla y a pesar de que sobrepasaban grandemente en número a Israel, Dios concedió la victoria de una manera asombrosa, haciendo que el sol se detuviese en su curso, haciendo de ese modo que el día de la batalla durara hasta que consiguiesen la victoria.
Esta es la imagen de lo que sucede cuando el enemigo viene como león rugiente, que parece que va ha destrozarnos, pero Josué se mantuvo firme en la fe, dependiendo de Dios para que realizase un milagro y Dios lo hizo. Por eso es por lo que Pablo nos dice en Efesios que cuando el enemigo se presenta de este modo, debemos de mantener la calma, eso es todo, dependiendo de las promesas de Dios y el enemigo será derrotado. (Efes. 6:13)
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA












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