“…Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado…” 1ra Juan 1:4-7
¡Puro! Cuán difícil resulta encontrar en nuestro mundo algo puro. Tanto es así, que ya aceptamos que todo tenga un porciento de impureza, y aun pueda ser bueno. La conformidad nos puede ayudar a convivir con nuestro mundo pero los creyentes debemos tener una mirada mucho más lejana. Para eso hemos sido
diseñados
Buscar perfección fuera de Dios es imposible, pero en términos espirituales, la impureza no puede ser vista como un pequeño déficit. Es precisamente lo opuesto a nuestro Dios. Es la semilla de todo mal. La falta de pureza tiene un efecto mucho más desbastador de lo que podamos calcular o imaginar. Aunque tratásemos de acostumbrarnos no será posible, no es compatible, no funciona, no tiene lugar.
La vida del creyente está concebida como un proceso en el que se va arrancando la impureza. El mismo Juan nos escribió acerca de esto: “…Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro…” (1 Jn 3.3)
No siempre es fácil. Muchas veces ni siquiera es visible a nuestros ojos. Percibimos las cosas externas, pero las profundidades de nuestro corazón, nos son desconocidas. La impureza puede pasar inadvertida a nuestros ojos. Sucede como cuando estamos en lo oscuro de nuestra habitación y nos parece que el aire que nos rodea está completamente limpio. ¡Estamos dispuestos a afirmar que ese aire es limpio! Sin embargo, cuando penetra un pequeño rayo de sol, descubrimos que a través de este atraviesa una inmensa cantidad de impurezas que no son vivibles de otra forma. Todo depende de la cantidad de luz a la que quedemos expuestos.
¡Dios es luz! Dios no tiene la luz como una de sus características, sino que Él es luz. Esta verdad tiene implicaciones inevitables para nuestra vida.
¿Quieres verte realmente? ¡Atrévete a exponerte a su luz! Y luego, tendrás un problema serio ¡Tu Pecado!
Juan nos describe una realidad que tiene solamente dos estados: andar en la luz y tener comunión con Él o andar en tinieblas sin que su verdad esté en nosotros.
Es una realidad difícil de vivir. Ninguno de nosotros quiere enfrentarse con lo que realmente somos. Pero no es una opción, si se quiere vivir en el amor de Dios. ¿Hay alguna noticia que nos traiga descanso al ver nuestra condición?
Sí hay una: “…Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros…” 1 Jn 1.10. Dios no está esperando que seamos perfectos por nosotros mismos. Él sabe lo que somos. Él sabe que frente a su luz brotará nuestra inmundicia. Él quiere que entendamos nuestra necesidad pero sabe que la solución no está en nosotros.
“…y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo…” 1 Jn 2.1.
Cuando vemos lo que somos es que estamos preparados para mirar a nuestro Salvador y decir ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro! Ro 7.25
Es la luz de Dios la que nos trae una verdadera condición. La que hace funcionar nuestra vida cristiana. La que hace posible que tengamos comunión unos con otros. La que nos hace acercar al trono de la gracia para el oportuno socorro. La que nos hace crecer y madurar.
¡Bendita sea su Luz en nuestras vidas! Para que alumbre nuestro pecado. Para que corramos hacia Cristo. ¡Para que por ella nuestro gozo sea cumplido!
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA












Deja una respuesta