“…por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano…” Lucas 7:7
Una de las cosas que más hace sentir bien consigo mismo a la mayoría de las personas, es que se le reconozca como alguien digno. Muchos son los viven y trabajan duramente en aras de recibir tal reconocimiento. Esto afecta tan seriamente a los hombres que hasta los hay que se creen dignos de que Dios tenga un trato especial con ellos, debido a la gran fe que en Él tienen.
Cuando Jesucristo desarrollaba su ministerio terrenal se encontró con todo tipo de personas, entre ellos los que se creían dignos y los que se reconocían totalmente indignos ante Dios. Acercándonos un poco más detenidamente a este pasaje nos percataremos del marcado contraste existente en el proceder de cada uno de los mismos.
Curiosamente los que se tienen a sí mismos por dignos creen que el Señor debe de responder a sus peticiones o necesidades debido a su dignidad. Esto es lo que claramente se deja ver en el actuar de los ancianos judíos. Ellos se acercan al Señor diciéndole que el centurión era alguien digno de recibir atención, es decir, ser tratado especialmente, por sus obras meritorias en favor de ellos. En el fondo de esta expresión subyace la idea de su propia dignidad. ¿Será este el actuar de una fe que única y verdaderamente descansa en el Señor?
Podemos encontrar oportuna y precisa respuesta a la pregunta anterior con solo observar la manera en que el centurión se dirige a Jesús. Este es quien no ve en su persona dignidad alguna para merecer algo del Señor, por lo que no repara en reconocerse tal cual es ante la grandeza del ser divino. Es entonces en total humildad que se dirige a Jesús cerciorándose que la base de su ruego sea solamente la autoridad suprema que sin lugar a dudas identifica en Él. Refiriéndose a este hombre Jesús elogia la fe genuina que él manifiesta.
¿Cómo habla de tu fe la manera en que te acercas al Señor?
¿Eres tentado a reclamarle a Dios? Él no detiene sus bendiciones con injusticia.
¿Apelas a tus buenas obras o buen comportamiento? Él es completamente santo, es perfecto, es suficiente en sí mismo, no necesita de nadie.
Acerquémonos pues, a Dios, confiadamente y no basados en nuestros méritos que, ante el Santo creador, no son ningunos. Procuremos con todas nuestras fuerzas agradar a Dios en todo, pero recordemos que no podemos hacer nada que acreciente su amor y favor por nosotros. Solo por su gracia es que disfrutamos de todo cuanto él nos concede y hace constantemente.
Es mejor ser elogiados por el Señor que por nosotros mismos.
MINISTERIO CRISTIANO EN CUBA












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