“Maldad en bendición”
“… Mas nuestro Dios volvió la maldición en bendición”. Nehemías 13:2
Sólo un Dios todopoderoso tiene la capacidad de transformar el mal en bien, y la maldición en bendición. Nuestro Dios es el gran “alquimista”, dijo una vez Matthew Henry. Dios tiene los recursos, el poder, y la probada intención de hacernos bien en medio de los muchos males que nos asaltan. El apóstol Pablo, después de haber mencionado una lista casi exhaustiva de todos los males que pueden sobrevenir a un creyente: tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada (Ro 8:35), concluye su disertación diciendo: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro 8:37).
Y adviertan que Pablo no dice que es exentos de todas estas cosas, o que es fuera de todas estas cosa que somos vencedores. Él dice: EN medio de todas estas cosas, es decir, cuando las estemos sufriendo en carne viva, cuando pensemos que toda esperanza está perdida, y no hay más caminos por donde seguir, es entonces y sólo entonces cuando venimos a ser más que vencedores por medio de Cristo.
Sólo Dios puede hacer que todas las cosas redunden en bien de aquellos que le aman (Ro 8:28). Recordemos la historia de José, vendido a Egipto por la envidia de sus hermanos impío. Pero Dios fue moviendo providencialmente los hilos de la historia de tal manera que José llegó a ser el segundo hombre más poderoso del reino; pudiendo José vengarse de sus hermanos, pues tenía el poder, el motivo y la oportunidad, sin embargo, no lo hizo así. José había entendido que Dios había transformado su desgracia primera en una gloriosa bendición, y es por eso que el buen José abre su corazón ante sus hermanos y les dice aquellas memorables palabras: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (Gen 50:20).
“Nuestro Dios volvió la maldición en bendición”, nos dice la perla de hoy. ¿Acaso no fue una bendición, la maldición que sufrió Cristo en la cruz por nuestros pescados? ¿No resultó ser al final una tremenda bendición el hecho de que Moisés haya huido al desierto por 40 años sufriendo la maldición del destierro de su pueblo como castigo de la ira de faraón? ¿Acaso no fue Cristo capaz de transformar en una gloriosa bendición la muerte de su amigo Lázaro? Sólo Dios convierte nuestros valles de lágrimas en una fuente de alegría plena. Pedro lloró amargamente, para luego ser confirmado en el ministerio apostólico. Pablo quedó ciego por tres días, para luego ser transformado en el más grande misionero que ha dado la historia. Martín Lutero tuvo que soportar el desprecio del papa León X, quien lo excomulgó de la iglesia, y tuvo que enfrentar al emperador Carlos V en la Dieta de Worms para defender las 95 tesis que había publicado sobre la puerta del castillo de Wittenberg. Sin embargo, gloria a Dios, porque lo que en apariencia era un infierno viviente para Lutero, resultó ser el movimiento eclesiástico de más largo alcance de los tiempos modernos: La Reforma Protestante. Sólo Dios puede convertir los males de los creyentes en bienes, y los bienes de los impíos en males. Amén
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— © Reynaldo Perez












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