“Corregidos por Dios”
“Bienaventurado el hombre a quien tú, Jehová, corriges, y en tu ley lo instruyes”. Salmos 94:12
Es mejor ser corregidos mil veces por el Señor que sufrir una sola vez las consecuencias de nuestros propios errores y pecados. Cuando el Señor nos disciplina nunca lo hace caprichosamente o movido por el deseo de venganza; Él siempre lo hará impulsado por ese amor paternal que tiene para con cada uno de sus hijos, tal y como se nos dice en Heb 12,6: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. Así que, la disciplina de Dios, más que ser una falta de amor como muchos piensan, es más bien otra muestra excelsa de su bondad para con nosotros
Los hijos que no son disciplinados a tiempo, y en la correcta medida, no entenderán el concepto de autoridad, ni mucho menos la idea de límites que no deben ser traspasados sin sufrir las consecuencias.
Decía un expresidente de EE. UU., que no es la silla eléctrica la que prevendrá el crimen, sino la silla del bebé para educarlo. Y creo que fue Eleanor Roosevelt que una ocasión escribió: “Si abrimos más escuelas, cerraremos más cárceles”. Eso significa que la disciplina desde una temprana edad juega un papel preponderante en el desarrollo sano del niño. Un niño sin disciplina es un antisocial en potencia, porque es muy posible que el que desconoce la autoridad paterna, luego cuando adulto no respete otra autoridad que no sea aquella que le imponga su indomable voluntad.
Dios ha puesto a los padres como instrumentos disciplinarios para moldear el carácter de los hijos, de otra manera los hijos se tornarán rebeldes, insubordinados y anárquicos, sin otra ley que la de la selva o el salvaje oeste. Es por eso que Pablo advierte en Ef 6,4: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Noten que una fórmula infalible de criar hijos rebeldes, llenos de ira e insatisfacción es dejarlos sin disciplina y sin la amonestación del Señor. A diferencia de lo que dice Pr 22,6: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Así que, de la misma manera en que Dios nos disciplina en su amor, para que enderecemos las sendas torcidas de nuestros pies, y lo cojo no se salga del camino, así también nosotros debemos disciplinar nuestros hijos para que mañana podamos disfrutar de paz, y sean motivos de esa satisfacción sana que todo padre debe sentir por sus hijos, y lo que es más importante: para la gloria de nuestro Dios.
La perla de hoy nos dice que somos bienaventurados si somos corregidos por Dios e instruidos en su ley. La disciplina del Señor no es una maldición, ni algo por lo que debemos sentarnos a lamentar, sino que es algo por lo que nos debemos sentir felices (bienaventurados, dice el texto), y agradecidos por su amor. David fue mejor creyente después que Dios lo disciplinó por causa de sus pecados. A Jonás se le enseñó una lección muy valiosa cuando fue disciplinado por medio de la calabacera. Pedro lloró lágrimas de sangre después de haber negado tres veces al Divino Maestro, pero al final vio la gloria de Dios. Los ejemplos huelgan en las Escrituras, que nos enseñan el valor de la disciplina divina. Amado, si sientes que la mano de Dios descansa gravosamente sobre ti en este tiempo, no te desesperes, ni pierdas la fe, es Dios que en su inmenso amor te está disciplinando para esculpir la imagen de Cristo en ti. Amén
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— © Reynaldo Perez












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