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“Las cosas no suceden por casualidad”

“Las cosas no suceden por casualidad” 

 

Un día Rut, la moabita, dijo a Noemí: – Te ruego que me dejes ir al campo a recoger espigas en pos de aquel a cuyos ojos halle gracia. -Vé, hija mía – le respondió ella. Fue, pues, y al llegar, se puso a espigar en el campo tras los segadores. Y aconteció que aquella parte del campo era de Booz, el pariente de Elimelec. Ruth 2:2-3

 

¿Qué tan diferente habría sido tu vida si te hubieras levantado una hora más tarde esta mañana? ¿Si hubieras tomado una ruta diferente para ir al trabajo la semana pasada? ¿Si te hubieras mudado al este en vez de al oeste? ¿Si te hubieras casado con otra persona en vez de con tu pareja? Los mayores eventos en nuestras vidas a menudo dependen de acontecimientos bastante simples y directos, y algunas veces hasta la diferencia misma entre la vida y la muerte.

 

Tomemos a Rut como ejemplo. Ella y su suegra, Noemí, no tenían medios para ganarse la vida, así que ella se ofreció voluntariamente para ir a recoger recortes de grano de los que fueran dejados por los segadores al segar un campo. Se nos dice simplemente: “Y aconteció que aquella parte del campo era de Booz”. Rut, “por casualidad” eligió el campo de Booz.

 

Booz era un pariente cercano del difunto esposo de Rut, y por consiguiente, de acuerdo con la ley levítica, al que le correspondía asumir el cuidado de la propiedad y de la esposa del difunto. Y de esta manera ocurrió que con el tiempo Booz y Rut se casaron. Rut había encontrado un esposo generoso y amoroso. Booz había obtenido una esposa tan hermosa de corazón como de apariencia. Y un hijo les fue nacido que sería el ancestro de Jesús, el Mesías. Todo esto porque Rut “por casualidad” eligió ese campo en particular para trabajar en ese día.

 

Por supuesto, no estaríamos comprendiendo el significado de estos eventos si creyéramos que estos eventos pasaron simplemente “por casualidad”. El Señor, con su mano misericordiosa, estaba guiando las vidas de estas personas. Él se estaba encargando de que los acontecimientos ocurrieran de tal forma que se cumpliera su buen propósito.

 

De esta forma él también guía nuestras vidas, permitiendo que sucedan cosas que a nosotros, en efecto, nos pueden parecer bendiciones o pueden parecer castigos o, lo que es más frecuente, no las notamos en lo absoluto. No obstante, estas “casualidades” son la obra de nuestro Padre, actuando según nuestros mejores intereses. Él invirtió la vida de su único Hijo en nuestro eterno bienestar. Ciertamente, él también nos está cuidando en esta vida.

 

Por consiguiente, no querremos excluirlo de nada en nuestra vida. Estaremos ansiosos de consultarlo antes de cada decisión y de cada entendimiento, sin importar lo insignificante que parezca. Y aceptaremos su dirección y se la agradeceremos.

 

Yo te agradezco, amado Señor, por la soberana obra que orquestas en nuestras vidas, en la aflicción y en el bienestar, tú obras por propósitos más altos que los que las circunstancias a nuestro alrededor nos permiten ver. Siendo así, en tu soberanía no hay casualidad y toda obra haya en ti propósito para nuestras vidas. Amén.

 

 

— ©  Luis Ramirez

 

Cristianismo Conforme a las Escrituras 

 

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