“Nuestra hermosa heredad”
Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado. Salmos 16:6
Mis carísimos hermanos, una correcta visión celestial debe llevarnos a considerar como “leves” y “fugaces” los instantes de tribulación que experimentamos de este lado del cielo, en comparación al “peso eterno” de gloria que nos espera. Vale la pena correr con alegría la senda del sufrimiento que tenemos por delante, sabiendo que la herencia de gloria que Dios ha prometido a sus santos y fieles excede por mucho a todas las delicias temporales que este mundo, bajo el dominio de Satanás, puede ofrecernos. ¿Cómo pudo nuestro Señor Jesucristo soportar con firmeza y sin lamentos los suplicios del Calvario? El autor a los Hebreos nos da la respuesta, fue por “el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz, teniendo en poco el oprobio” (Heb 12:2); así que, ese gozo que Dios nos imparte ahora, y el que nos tiene reservado en la consumación del tiempo constituye un elevado incentivo para que prosigamos hacia la meta, sin importar los valles de sombra de muerte que tengamos que atravesar a lo largo de nuestro peregrinaje cristiano.
Fue esa misma perspectiva celestial la que alentaba la vida del salmista David en todo tiempo y circunstancia, ardiendo dentro de él como el combustible espiritual necesario que le permitía sobreponerse, para abrirse camino en medio de las vicisitudes de la vida. En el versículo 2 de este mismo salmo, David confiesa su total dependencia de Dios al decir: “Tú eres mi Señor, y no hay para mí bien fuera de ti”. En el versículo 5 nos deja ver que toda su esperanza descansaba en Dios: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte”. Y al final del salmo, el versículo 11, David proclama que él hallaba plena satisfacción sólo si habitaba permanentemente en la presencia de Dios: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”.
Para el salmista la presencia de Dios era una fuente inagotable de deleite y gozo. David no se sumergía en la presencia de Dios, como el que se baña por un tiempecito en un charquito de agua que pronto se ha de secar. A la diestra de Dios hay “plenitud de gozo”, es decir, el caudal de la gracia divina es como un torrente infinito de bendiciones que nunca se extingue; es como un manantial continuo de delicias que dura, no un día, ni un mes, ni un año, ni cien años, sino “para siempre”. Y es en ese contexto que el salmista proclama en la perla de hoy: “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado”. Ahora bien, ¿qué quiso expresar el dulce cantor de Israel con estas palabras?.
En la antigüedad, los límites de los terrenos eran deslindados con cuerdas. Cuando a Josué le tocó establecer las porciones de tierra que iban a ocupar las diferentes tribus de Israel en la tierra de Canaán, se hizo echando suerte, tal y como Dios había mandado (Josué 14:2). Se lanzaba una cuerda al aire, y donde ésta caía, se señalaba un punto límite del territorio, y así se repetía la acción hasta que todo el territorio quedaba totalmente demarcado. Valiéndose de esa metáfora topográfica, el salmista nos transmite una hermosa idea, y es que la heredad que él anhelaba como hijo de Dios, no eran villas y castillas costosas de orden material, ni casas de campo lujosas asentadas en terrenos exclusivos, ¡no!, él deseaba las más hermosa y deleitosa heredad: Dios mismo. Amados, si como al salmista David, nuestras cuerdas han caído sobre la cruz del Calvario, somos dueños de la más grande heredad que jamás hombre sobre esta tierra haya podido tener: el Hijo de Dios; aunque vivamos actualmente en una choza que se esté cayendo a pedazos, en Cristo somos herederos del mundo. Y todo eso es por su amor y por su gracia. Amén.
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Cristianismo Conforme a las Escrituras












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