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“El conocimiento de Dios”

“El conocimiento de Dios” 

El Seol y el Abadón están delante de Jehová; ¡Cuánto más los corazones de los hombres! Proverbios 15:11

 

¿Habrá un lugar en los cielos, en la tierra o debajo de la tierra que se pueda ocultar de la mirada inquisitiva de Dios? Eso es sencillamente imposible. Nuestro Dios es descrito en su Palabra teniendo ojos como llama de fuego (Ap 1:14), que no es más que un lenguaje metafórico para indicar la capacidad que tiene Dios de penetrar todos los misterios y entender hasta el más mínimo detalle de todo cuanto se pone delante de Él, tal y como se nos enseña en Heb 4,13: ”Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”.

        Nuestro Dios es capaz de abarcar con una sola ojeada la insondable vastedad del universo. Él conoce el “macrocosmos” como la palma de su mano; los planetas, galaxias, constelaciones, cuásares y estrellas entregan sus enigmas ante la mirada contemplativa del Creador. El microcosmos, indescifrable y encubierto frente a la incansable búsqueda del científico, se despliega en toda su plenitud ante el ojo de Aquel que ordenó todas las cosas con la Palabra de su poder. Aun el dominio de la muerte, al que ningún mortal ha podido descender y regresar triunfante de aquel lado del pantano de la oscuridad para contarnos sus experiencias (exceptuando claramente a Cristo), es tan palpable para Él como la luz del mediodía, de modo que todos sus secretos le son conocidos, como dice Job 26,6: “El Seol está descubierto delante de Él, y el Abadón no tiene cobertura”; ¿cuánto más no conocerá Dios el corazón de los hijos de los hombres que son como nada delante de  Él?

            Esa es la gran enseñanza detrás de la perla de hoy: “El Seol y el Abadón están delante de Jehová; ¡Cuánto más los corazones de los hombres!» La idea es que si el misterioso e inaccesible reino de los muertos, representado en este texto bajo la figura del Seol y Ababón, queda expuesto en su plenitud ante los ojos de Dios,  ¿no es esto razón suficiente para saber que Dios conoce perfectamente nuestras vidas y emociones, pecados y debilidades, pensamientos y corazones? La verdad es que Dios nos conoce a profundidad; Él nos conoce mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos, por eso ha diseñado un plan maravilloso para nuestras vidas, porque Él sabe perfectamente que esas circunstancias especiales y aflictivas que a veces nos envía son las que necesitamos para que la imagen de Cristo sea esculpida en nosotros. Muchas veces, como Habacuc nos preguntamos: ¿hasta cuándo, Señor? (Hab 1:2), pero Dios sabe lo que está haciendo, porque tiene el control absoluto de nuestra existencia, y siempre se valdrá de los mejores medios para alcanzar los mejores fines.

 

            Si fuésemos conscientes de que para Dios no hay secretos ocultos en este universo, estoy convencido de que los creyentes descansaríamos más confiadamente en su Omnisciencia. Él lo sabe todo: nuestro pasado y futuro le son tan ciertísimamente conocidos como nuestra realidad presente. Él le reveló su pasado a la mujer samaritana (Jn 4:29), del mismo modo que anunció las futuras tribulaciones que tendría que enfrentar el apóstol Pablo (Hch 21:11). Expuso los pensamientos de los fariseos cuando murmuraban contra Él (Mt 9:4); conoció a Jeremías cuando aún estaba en el vientre de su madre (Jer 1:5); llamó a Ciro por su nombre, 200 años antes de que este apareciera en la historia (Is 45:1); profetizó con mil años de anterioridad que su Cristo iba a ser traicionado por uno de sus apóstoles (Sal 41:9); en definitiva: “… no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre” (Jn 2:25). Por eso, cuando venimos entramos a su presencia en oración a exponerle nuestros problemas, Jesús nos revela que: “…vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mt 6:8) ¡Qué pensamiento más consolador es entender que Dios todo lo sabe y todo lo puede! Amén.

 

 

— ©  Reynaldo Perez

Cristianismo Conforme a las Escrituras 

 

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