“Dios soberano y misericordioso”
Y el juez dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Lucas 18:4-5
Una de las parábolas pronunciadas por Jesús, y que es con mucha frecuencia mal interpretada, es ésta que nos llega a través de la perla de hoy, conocida como la parábola de la viuda y el juez injusto. Hay creyentes que creen que ese juez injusto representa a Dios en su autoridad de juzgar y de determinar todas las cosas. Pero eso sería inconsistente con el carácter santo de Dios, ya que el juez es descrito como injusto, impaciente y arbitrario, además él mismo se define diciendo: “ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre”. Así que este juez no puede, bajo ninguna circunstancia, representar a Dios. Ahora bien, ¿cuál es la idea central que Jesús quería transmitir al ilustrar esta parábola? Al menos hay dos ideas que no debemos perder de vista: por un lado, la necesidad que tendremos siempre de orar y nunca desmayar; y por otro lado, el carácter bueno, santo y misericordioso de Dios al contestar nuestras oraciones.
Hay personas que usan este pasaje para enseñar que si nosotros insistimos e insistimos pidiendo alguna cosa a Dios en oración, a Él no le quedará otro camino que satisfacernos en nuestro deseo egoísta, pasándole por encima a su soberanía, su propósito, y a su decisión divina sobre el asunto que le pedimos. A lo que nosotros decimos: ¡noooo!, esa no es ni remotamente la idea de la parábola. Por más que insistamos en oración, Dios es soberano en el ejercicio de su voluntad y nunca podremos, por más que presionemos, doblarle el pulso a Dios o tratar de torcer su brazo. No podemos ver a Dios como esas madres consentidoras y flexibles, que ante la rabieta de su niño de 4 años, pidiendo y pidiendo insistentemente: ¡mami, dame pizza!, ¡mami, quiero pizza!, ¡mami, cómprame pizza!, ella termina desesperándose, y para callar la gritería de su hijo, acaba doblegándose ante el deseo del niño; y todo para quitarse al niño de encima. Esa no es la pobre imagen de Dios que Cristo quiere representar en esta parábola, eso sería perder de vista el mensaje central de esta ilustración.
Lo primero que el Divino Maestro quiere enseñarnos en este pasaje es sobre “la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (Luc 18:1). Jesús entiende que nosotros, como creyentes, somos seres totalmente dependientes de Dios en todo tiempo y en toda circunstancia; y de la misma manera que los pámpanos dependen de la vid, así nosotros dependemos de Él. Ya en Juan 15:5 nos había advertido que “separados de mí nada podéis hacer”, por tanto, sería una vana pretensión de nuestra parte tratar de vivir vidas cristianas fructíferas sin hacer uso constante de ese recurso valioso que llamamos la oración. Por eso en esta parábola, Él insiste sobre la necesidad que todos tenemos de orar siempre, no en circunstancias especiales o para necesidades particulares, sino siempre; y más aún, no desmayar nunca, es decir, no debemos permitir que nuestras energías se nos agoten hasta secarse por completo, a causa de los afanes de este siglo y la ansiedad de la vida.
Y lo segundo que el Señor quiere que entendamos, y esto es muy importante, porque Él deja claramente establecido ese contraste en la parábola, es que si ese juez malo e injusto, un hombre que no tenía sensibilidad ni paciencia, que no fue conmovido en un principio por la agonía y el reclamo de aquella viuda pobre e indefensa; si este juez perverso tan diferente a Dios, supo vestirse de gracia, y fue movido a misericordia para hacerle justicia a aquella viuda, noten lo que pregunta Cristo a continuación:¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia (Luc 18:7-8). La idea es que si ese juez malo y perverso supo tener misericordia, ¿no es Dios nuestro Padre Celestial, justo, santo, bueno, lleno de gracia y misericordia para con sus hijos? Pues, ¡claro que sí!, es una motivación a que confiemos en la bondad de nuestro Padre amoroso, y en su buena voluntad para hacer bien a sus hijos por los cuales Él envió a su Hijo Amado Cristo a morir por ellos en la cruz del Calvario. Si el juez insensible tuvo misericordia, ¡cuánto no más la ha de tener Dios! ¡Améééén!
— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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