EvangelioCuba God

Noticias, doctrina y recursos cristianos desde Cuba para el mundo.

“Cristo, el verbo de Dios”

“Cristo, el verbo de Dios” 

 

Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! Juan 7:46

 

Aunque el lenguaje es común a todos los seres humanos, el don de la palabra, es decir, la oratoria, es virtud sólo de algunos pocos privilegiados. La historia registra discursos memorables servidos por grandes hombres que en momentos importantes del desarrollo de su nación supieron enardecer el ánimo de multitudes, logrando mover su voluntad e inclinarlas en la dirección que la ocasión demandaba. Fue proverbial la capacidad verbal de Demóstenes, aquel famoso político ateniense, llamado por Cicerón como “el orador perfecto”. Maximiliano Robespierre, prominente líder de la Revolución francesa, influyó poderosamente en el curso final de los acontecimientos con sus discursos retóricos incendiarios. Podríamos agregar a la lista de elocuentes oradores, nombres como los de Pericles, Abraham Lincoln, Winston Churchill, John F. Kennedy, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, y un nombre más del pasado reciente: Nelson Mandela.

 

Pero hay un Nombre que tan sólo al ser mencionado eclipsa a todos los demás. Un Nombre que está por encima de todo nombre que se nombra, y ante el cual, los hombres más prominentes en los anales de la historia vienen a ser como pigmeos delante de Él; nos estamos refiriendo a nuestro Señor Jesucristo, aquel a quien Juan 1:14 define como el Verbo hecho carne; Como dice una canción popular: Cristo es verbo, no sustantivo. El sustantivo sirve para designar las cosas; el verbo implica acción, movimiento, energía, estado, esencia. Eso es Cristo para nosotros: el Verbo de Dios; la Palabra encarnada; esa palabra creadora que en Génesis 1 trajo todo a la existencia, es a la que se refiere J, 1:2-3, al interpretar teológicamente la intervención en la historia humana de Cristo como el Verbo: “… Y el Verbo era con Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.

 

Por tanto, siendo Cristo el Verbo de Dios encarnado, era de esperarse que sus palabras y sus mensajes cautivaran a las multitudes. Cuando Jesús inició su ministerio público fue invitado a leer en la sinagoga en el libro del profeta Isaías, y después de haber leído una lectura referente a Él mismo, dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc 4:21). Y luego Lucas añade: “Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (Lc 4:22). Y ya había dicho: “Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él”. (Lc 4:20). Noten cómo el escritor sagrado nos prepara desde el mismo principio del ministerio de Cristo para que entendamos el poder, la influencia, la admiración y efecto que las palabras, el discurso y la vida de Jesús iban a producir en el alma de sus oyentes.

 

Nuestro texto hoy nos trae un episodio peculiar en la vida de Cristo, y fue cuando las autoridades religiosas de Israel enviaron algunos alguaciles, es decir, la policía del templo, a apresar a Cristo. Ellos se detuvieron a escucharlo por un momento, antes de proceder a tomarlo como prisionero; y al oírlo hablar, se quedaron ensimismados por las palabras de gracia y de poder que procedían de su boca. Fueron embelesados por la belleza de las verdades divinas que destilaban sus labios. Y fueron tan impresionados por la elocuencia verbal del Dios hecho hombre, que se olvidaron para qué habían ido, lo cual era prender a Cristo, pero se quedaron escuchando a Cristo sin que ninguno le echara mano (Jn 7:44).  Y cuando los líderes del Sanedrín preguntaron: ¿por qué no lo habéis traído? (Jn 7:45), ellos respondieron: ¡Es que jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!  ¡Qué maravilloso es nuestro Salvador! Sus palabras son inigualables; la belleza de su mensaje es insuperable; su autoridad es indoblegable; sus verdades son incuestionables; por eso, al finalizar el Sermón del monte, nos dice la Biblia: “Y la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mt 7:28-29). Amén

 

 

Cristianismo Conforme a las Escrituras

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.