“Aprendiendo a envejecer”
Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo. Génesis 25:8.
Envejecer es un arte que todos debemos aprender; es tan difícil de aprender que Dios nos concede la vida entera para que lo hagamos; pero con tristeza de corazón tenemos que decir que hay muchos que desperdician su existencia viviendo como sombras, llenando huecos en el tiempo y el espacio hasta alcanzar la vejez, sin nunca llegar a dominar en lo más mínimo este arte. ¿A qué se debe esto? En primer lugar, es debido al pecado remanente que aún subsiste en nosotros. Hay una resistencia natural en el hombre a envejecer debido a que, como Dorian Gray, queremos permanecer eternamente jóvenes, sin que las arrugas del tiempo abran surcos en la piel de nuestro rostro. Y en segundo lugar, por la “vanidad imperante en el mundo” que nos ha vendido la idea que no hay belleza en la ancianidad, de que no podemos envejecer con elegancia, sino que toda la “hermosura” pertenece a la juventud.
Hoy más que nunca se nos bombardea con la idea de “la eterna juventud”. Cada día salen al mercado “cremas mágicas” que retrasan el envejecimiento; máquinas “maravillosas” de ejercicios, que con tan sólo 5 minutos de ejercicio diario, y desde la comodidad de nuestra casa, esas libritas de más desaparecen milagrosamente. Es como si envejecer fuera ofensivo o denigrante; es como si envejecer implicara perder la dignidad humana; ser viejo en sociedades como la nuestra significa ser relegado a un quinto plano; es convertirse en una carga gravosa; es como pasar a ser un trasto viejo que, por estar siempre en el medio, molesta y apesta. Y muchos hogares de ancianos son, en realidad, almacenes de desechos humanos, donde muchos de ellos son recluidos ahí para que sus hijos jóvenes tengan más libertad para disfrutar “la vida loca” sin la responsabilidad y la carga de atender a sus padres que se consumieron en la crianza de ellos. ¡Hijos, amad a vuestros padres envejecientes!
La Biblia nos presenta un concepto muy diferente de “la ancianidad”. En Israel los ancianos tenían que ser honrados y venerados por los jóvenes. La ley de Moisés exigía en Lev 19:32, “Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová”. Temer a Dios implica, entre otras cosas, “honrar el rostro del anciano”. Y ese sigue siendo el mismo sentir de Dios ahora, en la dispensación de la gracia, porque Dios es inmutable, y Él no cambia su carácter, ni la forma en que ve las cosas. La vejez es un proceso natural que todos experimentaremos, y comienza a producirse desde el mismo momento en que nacemos. Negar la realidad del “envejecimiento” es caer en la trampa del autoengaño, pensando que no pasaremos por ahí, y eso, en vez de prepararnos felizmente para nuestra ancianidad, lo que hace es complicar las cosas y hacer más difícil la aceptación de este proceso.
Decía el escritor chino Lin Yutang: “La belleza en la juventud es un accidente de la naturaleza; la belleza en la ancianidad es un arte”. La perla de hoy nos presenta a Abraham como un modelo de envejecimiento cristiano; noten la preciosura del texto de hoy: ”… y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo”. Abraham murió “EN BUENA VEJEZ Y LLENO DE AÑOS”; eso nos dice que Abraham, aún en su vejez, fue un hombre feliz, pletórico, lleno de vida y satisfecho en Dios. La vejez no tiene que ser una época de resentimientos, de amargura constante, «cascarrabiosa»; la vejez no debe ser el cuadro gris y tenebroso de nuestras vidas; Dios está con y en nosotros, por tanto, como creyentes que somos, aprendamos a envejecer con alegría, con dignidad y con confianza en Dios, sabiendo que, como dice Is 40:29-31, “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”.
— © Reynaldo Perez
Cristianismo Conforme a las Escrituras












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