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“La disciplina cristiana”

La disciplina cristiana

 

“Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. 1 Corintios 9:27

 

La santidad cristiana es un ejercicio que demanda una constante vigilancia; el creyente es como un atleta que corre a máxima capacidad en el estadio de la vida, sostenido por el poder de Dios para obtener la corona incorruptible de gloria. Pero ningún atleta podrá obtener su más alto rendimiento y llegar a la cima, si primero no somete su mente y cuerpo a una disciplina estricta que le permita abstenerse de todo aquello atente contra su noble propósito o su condición física, impidiéndole así participar en forma óptima, como una segura garantía de que al menos, dará lo máximo de sí en su afán de llevarse el galardón.

 

Esa es la clara enseñanza que encontramos en la perla de hoy, servida por el gran apóstol Pablo: “Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre…”; ¿a qué se refiere Pablo cuando habla de golpear su cuerpo y someterlo a servidumbre?, es evidente por otros pasajes de las Escrituras que Pablo no se está refiriendo a la antigua práctica de dolor autoinfligido; él sabe muy bien que someternos a duros tratos corporales no tiene ningún efecto contra los apetitos de la carne (Col 2:23). El apóstol está consciente de que involucrarnos en las viejas prácticas de flagelarnos el cuerpo con azotes hasta que la sangre chorree, como hacían los monjes de la Edad Media (incluyendo a Martin Lutero), no sirve de nada, porque los maltratos del cuerpo resultan infructuosos contra la inclinación pecaminosa del alma.

 

Lo que Pablo nos enseña en el texto de hoy es que nosotros, como creyentes que somos, debemos aprender a disciplinar nuestros apetitos carnales, no permitiendo que nuestros deseos y caprichos nos dominen, sino dominarlos nosotros a ellos. Es a eso que Pablo llama “golpear el cuerpo y someterlo a servidumbre”, no en el sentido físico de la palabra, sino en un sentido espiritual y disciplinario. Dice Salomón en Ec 1,8: “…nunca se cansa el ojo de ver, ni el oído de oír”; así que, si nos dejamos llevar del corazón, de seguro que nos hará un desastre. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer 17:9). Por tanto, la norma que debemos seguir no es: ¿qué es lo que más quiero o qué es lo que más me gusta?, más bien, debemos preguntarnos siempre: ¿esto agrada a Dios? ¿Esto se conforma a la voluntad de Dios? ¿Haría Cristo esto si estuviera en mi lugar? Esos deben ser los parámetros que debemos tener en cuenta a la hora de decidir.

 

Amados, ¿cuántas veces le hemos fallado a Dios por nuestra falta de disciplina? ¿Cuántas veces hemos violentado los principios de su Palabra, tan solo porque nos hemos dejado arrastrar por los deseos engañosos de nuestro corazón? Quizás no una, ni dos, ni tres veces; muchas, tal vez cientos de veces; a todo eso nos conduce la falta de corrección interna y de disciplina cristiana. Sería lamentable que nosotros, habiendo hablado a otros del Señor y habiendo librado a muchos de su mal camino al enseñarles la Palabra, caigamos en los mismos pecados que con tanto ardor advertimos a otros. Es a eso que se refiere Pablo cuando dice: “No sea que habiendo sido heraldo (predicador) para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. Qué triste sería haber sido luz para otros y oscuridad para nosotros mismos y nuestras familias; qué penoso sería que después de haber conocido la verdad, nosotros seamos condenados a un infierno de fuego desde la plataforma de un púlpito cristiano o desde la sombra de una iglesia que con tanto celo predicaba la verdad del Evangelio. ¡Que Dios nos libre de tal cosa!, y nos ayude a practicar la autodisciplina, examinando cada cierto tiempo nuestras propias vidas, para ver si somos aprobados y aún estamos en la fe (2 Co 13:5). Amén.

 

 

 

 

— ©  Reynaldo Perez

 

Cristianismo Conforme a las Escrituras

 

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