“Dios, la causa de nuestro amor”
Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. 1ra Juan 4:19
Nadie, por propia iniciativa, busca a Dios. El hombre natural, aquel que no ha sido regenerado por el poder del Espíritu Santo, no ama a Dios, no ama las cosas de Dios, no ama a Cristo, no ama la Biblia ni ama el congregarse. El hombre que no ha nacido de nuevo no entiende las cosas de Dios, porque para él son locuras, pues estas cosas han de discernirse espiritualmente (1ra Cor 2:17); y ese cambio sólo sucede cuando Dios desciende a nuestras vidas por medio de su Espíritu y quita el velo que nos impide
ver las realidades celestiales, nos transforma en nuevas criaturas en Cristo, y derrama de su amor en nuestros corazones para que seamos llamados hijos de Dios (1ra Jn 3:1).
Cuando sentimos que nuestros corazones hierven de amor por Dios, no es porque eso fluye naturalmente de nosotros, sino porque Dios ha realizado en nosotros una obra profunda de renovación, quebrantando la tiranía del pecado que nos esclavizaba, y tornando la tendencia natural y rebelde de nuestra naturaleza caída que mostrábamos en contra de él, por una naturaleza espiritual, reconstruida y diferente, que ahora nos hace amarle, servirle y buscarle como el todo de nuestras vidas. Pero eso es Dios que lo hace por su gran amor con que nos amó desde antes de la fundación del mundo, y por medio del llamamiento eficaz de salvación nos ha atraído con cuerdas de amor.
Por eso, en la perla de hoy, Juan reafirma una vez más la fuente de donde brota nuestro amor por Él: “Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero”. Nuestro amor por Dios es efecto y no causa. Él lo ha hecho todo a nuestro favor, hasta la fe con que creemos es un regalo suyo. Es por eso que cuando estábamos perdidos, Él nos buscó. En Mat 18:11 Jesús dijo: “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido”. Fuimos encontrados por Él, no nos encontramos a nosotros mismos; de la misma manera como el pastor de la parábola de Lc 15:4-5 sale en busca de la oveja perdida, y no se detiene hasta encontrarla; asimismo, nosotros que habíamos caído del lugar consagrado por Dios, andábamos perdidos y errantes, sin rumbo ni dirección, hasta que Él salió a nuestro encuentro y nos rescató.
Pero glorias sean dadas al Dios de bondad, que cuando estábamos perdidos, nos halló; estando muertos en nuestros delitos y pecados (Ef 2:1), nos dio vida por medio de su muerte. Cuando estábamos sucios, andrajosos y malolientes, Él nos vistió con vestiduras de justicia. El profeta Ezequiel describe gráficamente la condición en que nos encontrábamos antes de ser hallados por el Señor: “Y en cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu ombligo, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte, ni salada con sal, ni fuiste envuelta con fajas. No hubo ojo que se compadeciese de ti para hacerte algo de esto, teniendo de ti misericordia; sino que fuiste arrojada sobre la faz del campo, con menosprecio de tu vida, en el día que naciste. Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije: ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!» (Ez 16:4-6). Recordemos siempre, que somos lo que somos únicamente por la gracia de Dios. Y si hoy le amamos a Él, fue porque Él, teniendo motivos para aborrecernos, nos amó incondicionalmente por el puro afecto de su voluntad y por su misericordia. Amén
—
Cristianismo Conforme a las Escrituras












Deja una respuesta