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“Como barro en las manos del alfarero”

“Como barro en las manos del alfarero” 

Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros.  Isaías 64:8

 

Nuestro texto de hoy reclama el derecho que Dios tiene como nuestro sumo Creador de hacer con nuestras vidas todo lo que plazca, conforme a su santo y divino propósito; sabiendo que todo lo que Él hace, siempre redundará para nuestro bien, y entendiendo que el “bien” en este contexto, no es tener grandes posesiones materiales, o buenas casas o lujosas yipetas como pretende enseñar el retorcido Evangelio de la prosperidad, sino el bien significa que la imagen de Cristo sea esculpida en nosotros a través de las aflicciones y vicisitudes de la vida, si es necesario (Rom 8:28-29).

El texto de hoy declara: “Ahora, pues, Jehová, tú eres nuestro padre”; ¿qué padre es aquel que desea mal para sus hijos?, “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mt 7:11). Nos preguntamos, ¿qué son esas buenas cosas de que habla Cristo en el pasaje?; esas buenas cosas no se refieren a cosas materiales, como enseñan los falsos maestros de la prosperidad, sino a cosas muy espirituales, y más específicamente, al Espíritu Santo; nos basta con leer la versión de Lucas para tomar el sentido e interpretar las Escrituras con las mismas Escrituras: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lc 11:13).

Así que, una correcta comprensión del continuo y permanente cuidado paternal de Dios para con cada uno de sus hijos, debe llevarles a colocarse en una posición de plena sumisión, como barro en manos del alfarero. “Nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros” (Is 64:8). ¿Podemos advertir claramente qué somos los creyentes en las manos de Dios? Barro y nada más que barro. ¿Qué poder tiene el barro? ninguno; ¿qué iniciativa puede tener un simple pedazo de barro? ninguna. ¿Cuál es la razón de ser de un trozo miserable de barro?, sencillamente colocarse en las manos del alfarero para que sea este quien le dé forma. Si un fragmento de barro aspira a llegar ser una vasija de incalculable valor, lo único que debe y puede hacer es dejar que las manos hábiles del “Alfarero” (esto es Dios), le dé la forma que Él ha determinado para ese barro, de acuerdo al designio eterno de su voluntad (Ef 1:11).

Ser transformado de una masa amorfa de barro en una pieza de artesanía de inapreciable precio, requiere un trabajo fino del Maestro sobre esa masa burda. Implica golpear varias veces la masa de barro contra la mesa; apretarla duramente con sus manos para que vaya tomando forma; conlleva ponerla sobre la rueda giratoria para eliminar todo lo que sobra; luego, se requiere tomar el sedal, la espátula y otros instrumentos punzantes para pulir las asperezas y rugosidades que afloran en la superficie; más tarde, hay que introducirla en el horno de fuego a altas temperaturas para que el material vaya secando; y por último, hay que darle una capa de barniz para el acabado final, hasta que el brillo y esplendor de un trabajo esmerado se refleje en esa obra maestra. Eso es exactamente lo que Dios hace con nosotros, que somos como el barro en las manos del Alfarero por excelencia, hasta que lleguemos a reflejar la imagen de la gloria de Cristo en nuestro diario caminar (Ef 1:6). Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

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