“La palabra de Dios como cántico al alma”
Cánticos fueron para mí tus estatutos; en la casa en donde fui extranjero. Salmos 119:54
Todos tenemos una canción favorita con la cual nos identificamos. Es esa canción que nos llega hasta lo más recóndito de nuestro ser, porque tiene la virtud de abrir los canales emocionales de nuestro corazón y tocar las fibras más sensibles de nuestra alma. Es aquella canción que evoca nuestra infancia feliz; que nos retrotrae al mundo maravilloso de los recuerdos, haciendo renacer en la memoria la figura venerable de nuestros respetados abuelos; la imagen viva de nuestros adorados padres; las horas vividas con nuestros hermanos en aquella vieja casa, y el juego alborozado y divertido con los amiguitos inseparables de nuestra tierna edad. Hay canciones que son parte de nosotros, porque crecimos con ellas y de una manera u otra, forman parte de nuestro mundo emocional y existencial.
Oh si pudiéramos disfrutar la Palabra de Dios con el mismo gozo que nos produce volver a escuchar esas canciones que tanto nos marcaron. Esa fue la experiencia del salmista en la perla de hoy: “Cánticos fueron para mí tus estatutos en la casa donde fui extranjero”. Estar lejos de casa produce sentimientos encontrados; nuestra alma oscila entre la nostalgia de encontrarnos tan distantes de nuestros seres queridos y la alegría de estar en tierra desconocida, viendo cosas nuevas y personas diferentes. Pero qué satisfacción es poder escuchar en lugares apartados el sonido de la música autóctona de la patria amada, o las canciones tradicionales de nuestro terruño querido; eso produce una emoción indescriptible que hay que vivir para saber exactamente a qué nos referimos.
Ahora bien, mis amados, no tenemos que estar exiliados para que la Palabra de Dios despierte en nosotros esos profundos sentimientos de plenitud y gozo. Debemos convertir muchas porciones de la Palabra de Dios en nuestra canción favorita; letras que podamos recitar de memoria como el himno nacional para cantarlas con el alma y deleitarnos en ella; que esos pasajes produzcan en nosotros el más elevado sentido de felicidad espiritual, al poder disponer de ellos como armas listas para ser descargadas en esos momentos apremiantes en que las necesitemos. Jesús hizo de la Palabra de Dios su cántico especial, y por eso, en el monte de la tentación, cuando Satanás quiso desviarlo del centro de la voluntad de Dios, Jesús no lo pensó dos veces y de forma natural y automática pronunció: “…Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Mt 4:10).
Qué pena que hemos perdido la importante y necesaria costumbre de memorizar “como cántico” la Palabra de Dios. Qué lástima que muchas de nuestras alabanzas congregacionales ya no convierten en “melodía musical” la Palabra de Dios, aludiendo en sus líricas esas hermosas historias bíblicas sobre Abraham, Rut, Elías, Moisés, Eliseo, Pablo, Sansón, Jonás, etc., sino que, penosamente se ha introducido en la iglesia el hábito malsano de ni tan siquiera mencionar el nombre de Dios o de Cristo en sus alabanzas, como si hubiese algo indigno e indecoroso en ello. Ya no se proclaman las grandes verdades del Evangelio ni nuestra himnología se halla centrada en la cruz. Que el espíritu del salmista en la perla de hoy sea retomado por el pueblo de Dios, y que volvamos a hacer de las verdades reveladas en su Palabra nuestro cántico personal y corporativo, y la esencia fundamental de nuestra adoración.
© Reynaldo Perez
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Cristianismo Conforme a las Escrituras












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